Miércoles, 03 Agosto 2016 09:12

 

FRH

 

El misterio de la señora Hobbit

Parte 1. El descubrimiento

 Fernando del Río Haza

Descubrieron sus restos hace apenas una docena de años en una cueva de la isla de Flores, en Indonesia. Esta isla es una de las muchas que salpican los mares del Asia sudoriental, surcados hace más de cien años por Sándokan, el valiente y aguerrido personaje de Emilio Salgari. La voluptuosa vegetación tropical que cubre la isla de Flores llega hasta la amplia entrada de la cueva de Liang Bua, hermosa y amplia caverna con el techo cubierto de afiladas y húmedas estalactitas. Fue en el suelo de la cueva, muy cerca de su entrada en forma de arco, donde la encontraron, después de una paciente, concienzuda y profunda excavación. Bueno, aunque no la encontraron precisamente a ella, sino sólo a parte de su esqueleto.

Estos restos comprendían el cráneo casi completo, la mandíbula y la pierna derecha; el resto de los despojos eran partes de la pierna izquierda, de la columna, de la pelvis, de las manos y de los pies. Debido a la gran humedad ambiente, el esqueleto no estaba bien fosilizado, es decir, los huesos no se habían petrificado por absorción de minerales, y por ello era muy delicado de manejar; pero por fortuna para sus descubridores estaba lo bastante bien conservado para darse una buena idea de cómo era el ser al que había pertenecido. El estudio inicial de los restos le llevó varios meses al equipo de arqueólogos y antropólogos –procedentes de Australia e Indonesia– para llegar a las primeras conclusiones. Aunque algo concreto se pudo decir muy pronto: eran los restos de una persona del sexo femenino, con una estatura de poco más de un metro y un cráneo con cerca de 400 cc (centímetros cúbicos) de volumen, más o menos el tamaño de una toronja. Las sorpresas comenzaron al encontrar que no se trataba de una niña, sino de una mujer que había muerto con alrededor de 30 años. ¿Cómo era posible que una mujer adulta tuviera tan baja estatura y tan pequeño cerebro? Además, por la edad de los sedimentos en donde fue encontrada, los investigadores concluyeron que la mujer había muerto hace unos 18 mil años. Tan viejo era el misterioso esqueleto que surgió una primera sospecha, ¿no podría tratarse de una mujer de una especie distinta de la nuestra?

Poco tiempo después del descubrimiento, en la misma cueva de Liang Bua los investigadores hallaron más restos humanos. Unos completaban el primer esqueleto, y otros eran de varios individuos más; aunque no apareció ningún cráneo y ningún esqueleto estaba tan completo como el de la señora. Cerca de ellos se hizo otro hallazgo, muy importante, de varios utensilios de piedra muy primitivos. Junto a estos se encontraron restos de animales, algunos de ellos con huellas de haber sido destazados con los pedernales. Estos restos permitieron averiguar qué cazaban esos pequeños seres: gigantes tortugas terrestres, temibles dragones de Komodo (que son los lagartos más grandes del mundo actual y los más fieros depredadores de las islas de Indonesia oriental), elefantes enanos llamados Stegodon, ratas gigantes y diversas aves.

Los descubridores se tomaron su tiempo, de hecho varios meses, para estudiar todo con cuidado antes de dar a conocer su hallazgo a la luz pública, cuando aprovecharon para ponerle una etiqueta al esqueleto original: lo llamaron LB1 (por las iniciales del nombre de la cueva: ‘esqueleto de Liang Bua número uno’). Los restos adicionales al LB1 confirmaron la pequeña talla de los individuos que murieron en la caverna de Liang Bua en un periodo que va desde hace 95,000 hasta hace 13,000 años. Una vez examinada la evidencia, los investigadores australianos e indonesios adelantaron varias posibles explicaciones del misterio.

La primera ocurrencia fue que se trataba de una mujer de nuestra especie, Homo sapiens, pero que había sufrido de una enfermedad llamada microcefalia; el cerebro de una persona aquejada de microcefalia no alcanza su máximo crecimiento. Es oportuno mencionar que el cerebro de una persona adulta normal ocupa alrededor de 1,400 cc, mientras que el cráneo del LB1, con 400 cc, es similar al de un chimpancé, que tiene entre 300 cc y 500 cc de volumen. Por ello el LB1 no puede ser el esqueleto de una persona adulta y saludable de nuestra especie. De hecho, un buen número de antropólogos se inclinaron por esta simple explicación: el LB1 es el esqueleto de una mujer con microcefalia.

Pero había otras evidencias que tomar en cuenta, aparte del reducido cráneo. En efecto, el esqueleto mostraba extrañas proporciones: las piernas demasiado cortas comparadas con los brazos y los pies especialmente grandes. El examen detallado del LB1 mostró, además, que tenía una serie de rasgos característicos de otras especies, extintas hace mucho tiempo, mezclados con características de especies más modernas. Por la reducida talla y el tamaño del cráneo, el LB1 se parecía a unas especies antiquísimas del género Australopithecus, las que poblaron el este de África desde hace cuatro millones de años hasta hace algo menos de dos millones de años. Sin embargo, otras características del LB1 nos hacen recordar al Homo erectus, especie que surgió en África oriental hace dos millones de años, y que después se expandió por gran parte del viejo continente; los restos más recientes del Homo erectus tienen unos 150,000 años. No obstante, el erectus, de estatura parecida a la nuestra y con un volumen cerebral entre 600 cc y 1200 cc, era mucho más alto y cabezón que el LB1. Todas esta diferencias dejan ver que el LB1 no era igual a ninguna de estas remotas especies, pero que tal vez podría descender de alguna de ellas.

Claro está que había que desvelar muchas más interrogantes del misterio. ¿Se trata de hombres modernos enfermos con alguna enfermedad congénita?, si no, ¿a qué especie pertenecen?, ¿de qué otra especie pudieron evolucionar?, ¿fue del Homo erectus o de otra especie más antigua?, ¿cuándo llegaron sus ancestros a Flores?, ¿quedará alguno vivo en algún remoto lugar? Si evolucionaron del erectus, ¿cómo fue que se redujeron de tamaño?, ¿fueron ellos quienes fabricaron los instrumentos de piedra encontrados en la misma caverna?, ¿cómo le hicieron para salvar casi 100 km de océano para llegar a Flores?, ¿no habrá más rastros de estos individuos en otros lugares de Flores o en islas vecinas?, ¿qué tecnologías dominaban?, ¿qué los hizo extinguirse?, ¿llegaron a convivir con el Homo sapiens? …

A los arqueólogos, que investigan cosas antiguas, y los antropólogos, que estudian al hombre y sus posibles ancestros, les encanta discutir sobre sus hallazgos, por ello el descubrimiento de la isla de Flores les vino de perlas y ha sido fuente de intensas y arduas polémicas. Pero un asunto que afecta en especial el ego intelectual de quienes estudian los orígenes de la especie humana es darle nombre a una nueva especie. Quien logra convencer a la mayoría de sus colegas de que ha descubierto una especie nueva en el linaje humano tiene garantizada la fama por muchos años. Esto se reflejó en los descubridores del esqueleto LB1; ante lo que consideraron claras diferencias morfológicas de los restos encontrados respecto a otras especies extintas, se arriesgaron en proponer que se trataba de una nueva especie. Convencidos además de que esta especie no había derivado de especies más viejas que el Homo erectus, se aventuraron a afirmar que se trataba de una nueva especie del género humano: el Homo floresiensis. Esta es la denominación oficial, pero como se trata de seres bajitos y con pies grandes y peludos, se les ocurrió nombrarlos como los personajes de Tolkien: hobbits. De esa forma, la mujer cuyo esqueleto se etiquetó como LB1 resulta ser la señora Hobbit.

 


Integrante del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República
Profesor Emérito y Distinguido de la UAM
Inicio