Lunes, 27 Diciembre 2021 08:21


En esta última editorial del año sobre COVID hago una reflexión de lo sucedido durante el 2021. Después de una epidemia terrible en el 2020, no sabíamos hacia el final del año lo que se nos venía encima. Dos picos que fueron mucho peor que el primero. El peor momento del 2020 fue por ahí del 2 de agosto en que se promediaban 7,251 casos diarios, con 752 defunciones en todo el país. Meses después, en el segundo pico, para la semana del 26 de enero se promediaban 17,462 casos diarios con 1,346 defunciones y para la tercer ola, en la semana de agosto 19, el promedio de casos diarios en el país era de 18,801, con 710 defunciones. Parece que la letalidad se redujo en la tercer ola del 7.7 % al 3.7 %, pero es difícil definirlo con precisión dado el bajo número de pruebas para detectar COVID que se hacen en nuestro país, en comparación con otros.

Durante el año que termina fuimos aprendiendo diversas cosas y conceptos relacionados con el COVID. Al inicio del año éramos muy obsesivos con la limpieza de todo. Había tapetes sanitizantes en las casas y comercios. En diversos lugares te roseaban con líquidos que, más que servir, son molestos y pueden de hecho ayudar a diseminar el virus. Limpiábamos todo lo que llegaba a casa con cloro o jabón antes de guardarlo. Aprendimos que todo eso no era necesario. Con el tiempo se demostró que el SARS-CoV-2 se contagia por las gotas de aerosoles en el ambiente y tiene muy corta vida en superficies, por lo que la limpieza obsesiva se dejó de practicar.

La población tuvo la oportunidad de aprender lo importante que son los ensayos clínicos controlados para determinar la utilidad de los tratamientos médicos. Quienes defendían a ultranza a la hidroxicloroquina, la azitromicina o la ivermectina como terapéuticas útiles para COVID fueron apagando sus voces, sigilosa y paulatinamente. En contraste, aparecieron ensayos clínicos mostrando la utilidad clara y contundente de las vacunas en la prevención de la enfermedad y sobre todo, de las formas graves, que fueron después confirmadas por observaciones poblacionales. Con esto se ha disminuido en forma importante la mortalidad por esta enfermedad.

La población ha aprendido de pruebas para la detección del virus y muchos ya distinguen entre una prueba de antígeno, que determina la presencia de proteínas virales, una prueba de PCR, que determina el RNA viral y la medición de anticuerpos en sangre, que determina su presencia después de la infección o la vacuna. Aprendimos que la prueba más segura y sobre todo en asintomáticos es la PCR. La de antígeno no es útil en asintomáticos, pero en quien tiene la infección respiratoria, si sale positiva es muy sugestiva de COVID. En cuanto a los anticuerpos, no hay indicación clara en este momento de medirlos.

Finalmente, la sociedad en su conjunto tuvo la oportunidad de constatar el poder de la ciencia. Con diferentes metodologías, pero con base en el método científico, se generaron y probaron más de ocho vacunas diferentes y todas resultaron ser muy útiles en la prevención, sobre todo de las formas graves. Las primeras vacunas se administraron en nuestra ciudad en diciembre del 20 (a un año del primer caso de COVID). A la fecha se está terminado de vacunar a los habitantes de 15 años o más y los adultos mayores de 60 años hemos recibido un refuerzo (tercera dosis) y, ya está programado para iniciar en esta semana el refuerzo en el personal de la salud, independientemente de la edad.



Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán y Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM

Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010

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