Lunes, 13 Septiembre 2021 00:24


El jueves 16 de enero de 2020 Thijs Kuiken, un patólogo veterinario de la Universidad de Erasmus en Holanda recibió un artículo de la revista Lancet, con la solicitud de revisarlo en 48 horas. El artículo era de un grupo de investigación de la Universidad de Hong Kong, liderado por un doctor Yuen, en el que describía una familia de seis personas de Shenzhen, una ciudad del sur de China, que habían viajado a Wuhan para el año nuevo. Ninguno de ellos visitó el mercado de mariscos de Wuhan y, sin embargo, cinco se habían contagiado de la nueva enfermedad, reportada días atrás y causada por un nuevo coronavirus. A su regreso a Shenzhen otro familiar, que no fue al viaje, se enfermó. De los cinco sujetos, dos positivos eran asintomáticos.

Mientras Kuiken leía el artículo en el viaje en tren de regreso a casa, sintió el clásico escalofrío que recorre el cuerpo cuando la piel se te pone de gallina. Un experto en zoonosis y en virología que fue parte del equipo que en 2003 identificó el coronavirus causante del síndrome agudo respiratorio grave (SARS), cayó en cuenta en ese momento de la implicación de la información que tenía en la pantalla de su laptop. La nueva enfermedad respiratoria aguda grave identificada a finales de 2019 (COVID-19) podía contagiarse de humano a humano. La pesadilla había comenzado. Si de por sí esa información era de terror, había que agregarle que dos de los sujetos positivos eran asintomáticos, lo que implicaba que personas sin manifestaciones clínicas podían ser portadoras del virus y esparcirlo sin misericordia.

Cuando llegó a casa estaba convencido de que esa información debía de ser pública de inmediato. Sin embargo, estaba atado a la ética profesional de que las revisiones por pares en revistas científicas son estrictamente confidenciales y, por tanto, no podía divulgar la información que tenía en sus manos. Vaya dilema. La humanidad enfrentaba lo que podría ser la peor pandemia de la historia y él era la única persona en el mundo (además de los autores) que lo entendía. Mientras tanto, el reloj seguía avanzando.

De inmediato contactó al Editor de Lancet para alertarlo al respecto. El Editor estuvo de acuerdo en que la información era vital para la humanidad, pero, ni él, ni la revista podrían difundirlo. Tenían que hacerlo los autores y, por parte de Lancet, no había problema en que lo hicieran de inmediato. Así se los hizo saber a los autores en la crítica que envío ese mismo día. Sin embargo, durante el sábado 18, pegado al televisor, tweeter, correo electrónico y diversos noticieros, no hubo ninguna noticia internacional al respecto, por lo que en la tarde de ese día contactó por correo electrónico a su amigo Jeremy Farrar, director del Wellcome Trust en Gran Bretaña para pedir consejo, quien le dijo: hay tres opciones. A, no hacer nada y esperar; B, esperar al lunes y si no hay nada volver a hablar con el Editor de Lancet y C, hacer una pequeña nota que en resumen diga los hallazgos del artículo y tenerla lista para pasar la información a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Farrar le aclaró: yo me inclinaría por la C.

Los autores contestaron el domingo 19 que no podían hacer públicos los datos, porque el gobierno de China había ordenado que cualquier información de este tipo debe ser el gobierno quien la haga y el caso contrario se castiga con cárcel. Días atrás el laboratorio de Zhang había sido clausurado por haber liberado la secuencia del SARS-CoV-2, en contra de lo dispuesto por el gobierno, junto con el arresto de los que participaron en la liberación de la información.

Jeremy Farrar entonces contactó a María Van Kerkhove del programa de emergencias en salud de la OMS y le dijo que un académico, en ese momento anónimo, tenía información muy importante al respecto de la nueva enfermedad. Kerkhove muy sensible al asunto solicitó que el investigador la contactara. Thijs siguió el consejo de Farrar y no envió el artículo como tal, sino que hizo un resumen de una cuartilla, misma que le pasó a Kerkhove, sabiendo que eso podría derrumbar su reputación como académico, pero no podía más con el peso de saber lo que vendría si no se informaba esto a la brevedad. Estaba atrapado. Lancet no podía hacer pública la información y los investigadores chinos, por supuesto, no querían ir a la cárcel. El domingo 19 de enero debe haber sido el peor día en la vida de Kuiken, ya que había decidido que, de no saber nada al día siguiente, haría pública la información.

El lunes 20 el gobierno chino anunció que el contagio de COVID-19 podía ocurrir entre humanos. El artículo de Yuen se publicó en línea, en Lancet, el 24 de enero (doi.org/10.1016/S0140-6736(20)30154-9). Nunca sabremos que tanto pesó la información que Thijs pasó a Kerkhove, pero en una entrevista posterior, ella declaró estar agradecida con un científico que dio información que fue clave en las discusiones dentro de la OMS, y no sabemos si con el gobierno Chino. Kuiken es un héroe anónimo. De no haber actuado de la forma en que lo hizo, pudieron haber pasado más días o semanas antes de que el mundo supiera del asunto y por lo tanto, la propagación hubiera sido aún peor.

Este es el tipo de historias que seguramente veremos algún día en la pantalla grande como “inspirados en un hecho real”. Por lo pronto, ha quedado plasmada en el libro “Spike; The virus versus the people – the inside story” que Jeremy Farrar junto con Anjana Ahuja (periodista científica afiliada a The Times) publicaron en julio de 2021. Muy recomendable lectura de una historia de terror que todos hemos visto pasar por enfrente de nosotros en los últimos 18 meses y lo que falta por venir.



Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán y Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM

Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010

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