Lunes, 14 Septiembre 2020 08:48

El presidente Donald Trump, en su carrera por la reelección y ante el golpe a su popularidad que le ha dado el mal manejo inicial de la pandemia en Estados Unidos, ha prometido al pueblo de ese país que, para el primero de noviembre, dos días antes de las elecciones, tendrán una vacuna para el SARS-CoV-2. Esto me recordó cuando hace algunos años tuvimos a un funcionario público de muy alto nivel internado en el Instituto, con una enfermedad grave y el presidente de la República en turno, que era su amigo cercano, lo venía a ver con frecuencia y, cada vez que eso ocurría era un problema, porque cuando el presidente hablaba con el médico encargado del caso, quería que se resolvieran las cosas porque él lo decía. “Para mañana quiero que le baje el calcio” indicaba. Es evidente en estas historias que ni nuestro presidente entonces, ni ahora Donald Trump, tienen claro que en la biología y en la ciencia las cosas no ocurren por orden presidencial. Francis Collins, el Director General de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos en conferencia de prensa dejó muy claro que el desarrollo de una vacuna depende únicamente de la ciencia y no de los intereses políticos de nadie.

El objetivo de la investigación científica es generar conocimiento para entender la realidad y buscar la forma de generar herramientas, como por ejemplo las medicinas o las vacunas, que nos ayuden a cambiar, para nuestro bien, el curso de fenómenos biológicos. En ese proceso el investigador debe hacer todo lo posible para mantener la imparcialidad y los conflictos de interés, personales o de otra índole, para no sesgar el resultado y que por tanto no reflejen la realidad, sino su propio interés. Más aun, cuando se trata del desarrollo de un medicamento o vacuna, es obligación del investigador poner como prioridad que el tratamiento bajo estudio sea seguro, por encima inclusive de si es o no eficaz, ya que, si puede ocasionar daño, se tiene que poner en una balanza el riesgo de su administración vs el beneficio.

Por ejemplo, en un extremo, digamos que se desarrollara un medicamento para curar la rabia, que es una enfermedad mortal por necesidad. Nadie se ha curado nunca de esta terrible enfermedad. Y digamos que resulta que el medicamento es capaz de curar a 80 de cada 100 pacientes con rabia, pero puede causar un daño serio en 1 de cada 100 pacientes que se curan. Dada la mortalidad de la rabia, podría considerarse su utilización, porque al final sería de cada 100 que se curen (y que sin el tratamiento morirían) habrá uno al que le produzca algún daño serio. Las vacunas están en el otro extremo. Son herramientas diseñadas para administrarse a miles o millones de gentes sanas, con la idea de evitar que algunos desarrollen la enfermedad para la cual está diseñada la vacuna. Por lo tanto, en las vacunas es particularmente importante cualquier evidencia de que su administración pueda causar daño.

Es en este último punto en donde viene la noticia la semana pasada de que AstraZeneca detuvo el ensayo clínico en el que se está probando una de las vacunas que se han desarrollado para contener la pandemia de COVID-19 y que causó mucha consternación en la población. Lo que sucede es que la población nunca había seguido con tanto interés y en tiempo real el desarrollo de una vacuna o un medicamento, pero estas cosas pasan todo el tiempo en los ensayos clínicos y en particular con las vacunas.

El problema con las vacunas es que, para incrementar la capacidad inmunogénica de la proteína inyectada, para la cual se quiere inducir una respuesta inmune, se utilizan una serie de coadyuvantes, que, en algunas ocasiones, puede resultar en un daño en alguna persona que tenga la susceptibilidad genética apropiada. Es decir, el desarrollo del problema por la vacuna lo hace alguien que tenga esa predisposición (y evidentemente no lo sabe), por lo que no es un problema intrínseco de la vacuna, sino de la reacción de alguna persona a los coadyuvantes de la vacuna. Afortunadamente es poco frecuente, pero en algunas ocasiones puede ser muy serio.

Según indicaron las fuentes responsables, el estudio se detuvo porque una mujer desarrolló un cuadro compatible con la mielitis transversa. Este es un problema neurológico de la médula espinal que produce parálisis de la cintura para abajo y puede ser pasajero o puede quedarse instalado para siempre, por lo que estamos hablando de una complicación grave. El estudio se detiene porque debe indagarse con detalle el problema. De entrada, ni siquiera sabemos si la paciente que desarrolló esta complicación había recibido placebo o la vacuna. En el primer caso sería un asunto que hubiera ocurrido, aunque la paciente no hubiera entrado al estudio, y por lo tanto puede continuar el mismo, mientras que, en el segundo caso, si se define asociación causal entre la vacuna y el desarrollo de la mielitis, entonces, el estudio se detiene y probablemente se tenga que cambiar de coadyuvante, por lo que podría retrasarse por unos meses o inclusive quedar suspendido. Es un panel de expertos ajenos al estudio y la compañía quien tiene que definir todo esto. Esta es la razón de porqué hay muchas diferentes vacunas que se están probando en este momento. La idea es que, si se estudian varias vacunas hechas con diferente metodología, algunas no llegarán al final, pero otras si.

Lo sucedido con la vacuna de AstraZeneca la semana pasada es otro ejemplo a la luz pública de cómo funciona la ciencia. Los científicos estamos muy preocupados por la COVID-19, pero también nos preocupa que las herramientas que desarrollemos para tratar enfermos sean seguras. Esperemos que esto haya sido solo un tropiezo y que el proyecto retome su cauce y si no fuera el caso, que varios de los otros proyectos en curso si lo hagan.



Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM e Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán

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