Miércoles, 06 Mayo 2020 08:45


Hace varios años tuve la oportunidad de sugerir algunos cambios en los libros de texto de historia para la educación secundaria. Propuse algo parecido a esa historia global de la que ahora hablan los especialistas, sin que haya llegado a cuajar en una obra maestra, quizá porque no se enfoca desde la única perspectiva en que coinciden todas las historias: la historia cultural. Sobra decir que nadie prestó atención a mi consejo. Alguien creyó que héroes se levantarían de sus tumbas, si nos atreviésemos a incluirnos en la misma página que a “modestas” mediocridades como Newton, Galileo, Lavoisier, Edison, Einstein…

Releo el párrafo anterior y percibo que están implícitas interrogantes básicas que afectan a una vieja tradición evocadora de héroes y batallas, competiciones de fuerza y enemistades perpetuas. ¿Por qué habría que cambiar algo en nuestros hermosos y muy ilustrados libros de texto? ¿Por qué precisamente en la Secundaria? ¿Acaso la historia global es algo más que una moda pasajera entre eruditos? ¿Qué es la historia cultural? ¿Nos quieren hablar de la música, la pintura, las catedrales, las medicinas, los perfumes, las joyas…? Para mayor preocupación y alarma ¿Dónde quedarán nuestros héroes? ¿Olvidaremos injurias pasadas, humillaciones sufridas y venganzas postergadas? Y todavía, para terminar con lo inconcebible ¿No habrá la tajante separación entre la historia de México y la del resto del mundo?

Como hablamos de historia, voy a responder desde la mirada de historiadora: hace miles de años no existían los libros, pero sí transcurría la historia; hace un milenio, los cronistas ensalzaban hazañas extraordinarias entre míticas, heroicas, piadosas y aduladoras y con ellas respaldaban el prestigio de los señores y alimentaban la admiración de los vasallos. Hace poco más de trescientos años se comenzó a pensar la historia como ciencia del hombre, sometida a reglas y abierta a temas que permitían trascender de lo particular y anecdótico a lo general y humano.

Mientras cada comunidad, cada pueblo o cada tribu desconoció a sus vecinos o vivió sin preocuparse de ellos sólo podía interesarle su propia historia, la de sus allegados y de las vicisitudes que algunos viejos eran capaces de recordar, circunscritas al medio local. Más adelante, las monarquías y los estados nacionales se interesaron en promover el conocimiento de un pasado que ya no era sólo local sino regional y nacional, tanto más amplio cuanto más ambiciosos fueran los proyectos de dominio de las minorías. Y el mundo creció en la medida en que las comunicaciones nos permitieron llegar hasta las tierras más remotas; pero se redujo al traernos al alcance de la mano los productos más lejanos y al darnos a conocer noticias instantáneas. La vieja fantasía que servía de título a los libros de texto: “Historia universal” se imponía como una realidad, siempre que la fantasía limitase el universo al modesto planeta que ocupamos, y, con demasiada frecuencia, al viejo mundo o al mundo occidental.

Hoy sabemos mucho más que hace cincuenta o cien años acerca de lo que compartimos con otros pueblos y lo que nos distancia de ellos. Nos encontramos en una situación óptima para planear esa historia compartida que podría ser global en cuanto un plan ambicioso se atreviese a incluirla en los programas escolares. Y, hablando de programas: el axioma de que la historia nacional debe estudiarse por separado de la que se refiere al resto del mundo pierde sustento en cuanto probamos a ponerla en práctica en forma rigurosa. Si insistimos en esa Historia de México, absolutamente aislada, debemos aceptar su complemento: Historia del mundo sin México. Por lo tanto, propongo lo que sería un descabellado programa tentativo de esa posible asignatura.

Prehistoria y edad Antigua son artificios didácticos que eluden la realidad de un mundo en el que los seres humanos, del viejo como del que algún día llamarían nuevo mundo, aprendían a conocer, manipular, aprovechar y disfrutar la naturaleza. Sería difícil imaginar el poblamiento de América del Sur sin que sus habitantes hubieran transitado por Mesoamérica. Habría culturas andinas, extrañamente ajenas a formas estéticas, concepciones religiosas y mitos de ancestros comunes o de vecinos desconocidos.

La Edad Moderna resultaría mucho menos moderna, porque la economía del mundo occidental no sufriría el tremendo impacto de las minas de plata de la Nueva España, ni la piratería tendría el auge derivado de la frecuencia de naves cargadas de tesoros; tampoco se habrían introducido muchos nuevos alimentos en la dieta europea, y la América española, una vez retirado México, carecería de elementos tan importantes como el galeón de Manila y los productos orientales. Nuestros vecinos del norte habrían tenido que dar un gran salto para presionar las fronteras de un semicontinente remoto, sin áridos desiertos que recorrerían indios nómadas ignorantes de algo llamado fronteras.

La modernidad habría perdido pintores, escritores, antropólogos, lingüistas, algunos políticos brillantes (que también los hubo) y muchas, muchas mujeres creadoras de una cultura única y dinámica.

¿Quieren hacer la prueba? Pueden comenzar a arrancar hojas de sus libros de historia y verán qué triste sería un mundo sin México, así como yo veo qué iluso es imaginar un México al margen del mundo. Quizá sería más útil que arrancasen las páginas que detallan guerras, imperios, abusos… pero nos quedaríamos sin libros cuando todavía no hemos aprendido que existió la esclavitud y que seguirá existiendo mientras no estemos dispuestos a defender a toda costa nuestra libertad y a rechazar a cualquier precio las desigualdades. Todavía tenemos tiempo de rectificar y pensar en una historia en la que quepamos todos, para aborrecernos o para apoyarnos, como sucede en todas las familias.



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