Miércoles, 26 Febrero 2020 09:22


Han pasado más de dos décadas desde que Eric Hobsbawm lanzó una dramática voz de alerta al advertir que muchos libros de historia eran potenciales fábricas clandestinas de bombas. Parece como si nadie lo hubiera leído o como si los autores y los diseñadores de programas escolares pensaran que ellos no tenían nada que ver con el problema, si es que existía.

No faltaron algunos historiadores y maestros más responsables y meticulosos, que revisaron sus propios textos y se dijeron a sí mismos: “No es mi caso. Nuestros libros de historia no hacen apología de las guerras, sólo elogian a los héroes… porque son necesarios para exaltar los sentimientos patrióticos… además de que ya sabemos que hay guerras justas…”

¿Han encontrado algún libro de cualquier país que se refiera a las injustas guerras que peleó? ¿Alguien reconoce que su nación fue la iniciadora de un conflicto? ¿A quién concederemos la autoridad para discernir la justicia o injusticia de una guerra? Y, sin olvidar los arrebatos siempre ocasionales del entusiasmo bélico, ¿qué decir de otras formas de violencia amparadas en los privilegios del poder, la riqueza, la influencia o la ignorancia de los presuntos enemigos? Entre procesos de colonización y exigencias de libertad e independencia ¿No hay buen número de causas justas, como acreditaría un teólogo o un jurista?

El fin piadoso de difundir la verdadera fe, los motivos humanitarios de ofrecer formas de vida más saludables, el imperativo de las virtudes democráticas redentoras de pueblos sometidos a formas tiránicas de gobierno o las rencillas entre vecinos para recuperar un territorio que se consideraba propiedad del que había sido derrotado en el pasado… Una vez aceptado que la guerra es la forma de resolver los problemas, no hay duda de que surgirán motivos ­inagotables para provocarlas y bendecirlas.

No me atrevería a reclamar que los belicosos héroes guerreros saliesen de las páginas de nuestras historias, en general, y de los textos escolares, en particular. Igual es necesario saber que hubo un Atila, un Gengis Khan, un Napoleón o un Hitler. Mas ellos solos no hicieron la historia, ni siquiera fueron sus verdaderos protagonistas.

No podrían faltar nuestros héroes, que lo fueron forzados por circunstancias lamentables. Lo que somos hoy, lo que nos complace o nos disgusta del mundo que nos rodea, los elementos materiales y la expresión de nuestros sentimientos se han forjado a lo largo de los siglos (y milenios) mediante las aportaciones de todos. Eso que hoy callan los libros es lo que debería ser la historia del futuro.

Nuestro mundo se ha formado en los campos, las fábricas, los talleres, los mares y los cielos; lo han creado y recreado, destrozado y reconstruido los hombres y las mujeres, valientes y cobardes, jóvenes, niños y viejos, artistas y artesanos, científicos y deportistas, poderosos y mendigos, inquietos visionarios y sumisos trabajadores. Y los podemos apreciar desde nuestro pequeño mundo particular, en el que tenemos que admitir a paisanos y extranjeros, conocidos y desconocidos, creyentes o agnósticos.

Porque limitarnos a nuestra historia local es cerrar los ojos a la historia de todos, la historia comparada, de encuentros y rupturas entre comunidades y regiones culturales con semejanzas y diferencias, en la que se impone dar el paso decisivo que consiste en reconocer que la verdadera historia es global y es total porque la hemos construido entre todos, amigos y enemigos del pasado, que hemos padecido miserias y catástrofes y hemos sobrevivido con trabajo, determinación y creatividad.

Esa historia existe y la vivimos cada día, aunque nadie la haya escrito o los retazos de escritura no hayan llegado a la mayoría de los estudiosos y lectores. La historia cultural, de la vida cotidiana, es la historia de todos, la historia de las costumbres, de la cultura, siempre que entendamos que cultura es todo lo creado por la mente o las manos del hombre, y precisamente del hombre en sociedad.

Cuando contemplamos el pasado nos sentimos deslumbrados por los grandes acontecimientos, que estamos acostumbrados a considerar trascendentales para la humanidad. Y algunos lo son, sin duda alguna. Pero siempre podemos preguntarnos hasta qué punto han influido en nuestras vidas o hasta dónde llega su trascendencia. Si nos referimos a un pasado cercano podemos recurrir a nuestras propias experiencias, las que no requieren consultar archivos ni escuchar a autoridades.

Es indudable que el mundo ha cambiado aceleradamente en los últimos tiempos, pero ha habido épocas en que se han producido transformaciones igualmente importantes y apresuradas. La historia cultural nos permite acercarnos al pasado utilizando nuestros sentidos o buscando testimonios relativos a la forma en que los contemporáneos los percibieron.

Quienes estudiamos la vida cotidiana no hacemos una historia diferente ni independiente, sino que destacamos aspectos que han sido olvidados o tan sólo considerados como telón de fondo de temas específicos. Lo que nos interesa es ese ámbito espacial, temporal, social y cultural que se ha desarrollado igualmente en las calles, las viviendas y los mercados, los templos y los teatros, las bibliotecas y las salas de conciertos… Ni siquiera es una nueva perspectiva inexplorada; muy al contrario, historiadores de todas las épocas recurrieron a las referencias de lo cotidiano para entender los grandes cambios de las sociedades y los novelistas han explotado al máximo esos aspectos.

Nos molestan los anacronismos en la ambientación de las novelas o el cine. Dedicamos la vida a la satisfacción de nuestras necesidades materiales, afectivas, intelectuales y espirituales. ¿Por qué nos resistimos a pasar al primer plano de la historia las mismas inquietudes de nuestros antepasados?

Siempre hay que dar un primer paso en cualquier proyecto. Cambiar el tono de nuestros libros y dar preferencia a la historia de la vida cotidiana es un paso hacia la armonía y la concordia entre los vecinos cercanos y los remotos desconocidos.



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