Miércoles, 10 Julio 2019 08:54

Gerardo Gamba

México, tercer país seguro a la medida de Estados Unidos

Dr. Carlos Martínez Assad

Comité de Ciencias Sociales, Filosofía e Historia Comité de Ciencias Naturales



Se decía que el siglo XX debía conocerse como el de las migraciones, porque 200 millones de personas se movieron de su lugar de residencia. Sin embargo, todo parece indicar que el siglo XXI lo rebasará porque en lo que va del mismo más de 65.5 millones de personas han dejado sus países debido a las ­guerras, persecuciones y violaciones de sus derechos humanos.

Es en ese contexto que se ubica el fenómeno migratorio que ha tenido lugar en los países del Oriente Medio y de África principalmente, así como lo que está ­­ocurriendo en América Latina, con la salida de venezolanos y en México con el paso de centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos. Desde hace meses, los especialistas en el tema advirtieron que resultaba inusual el creciente número de migrantes que dejaban Honduras, El Salvador, Guatemala y Nicaragua. Se advertía ya que México podía ser considerado por Estados Unidos como tercer país seguro. Una categoría que hacía referencia a la forma como Turquía, presionada por Europa, debió aceptar convertirse en refugio para millones de migrantes. En ese caso se trataba principalmente de sirios e iraquíes que huyeron de sus hogares por las ­guerras o la falta de garantías, buscando su supervivencia.

En los campamentos que se establecieron, más de tres millones de personas esperaban que las cuotas dispuestas por la solidaridad de algunos países se aplicaran, mientras se hacían censos de las profesiones, habilidades y conocimientos de los refugiados para fundamentar sus peticiones en Alemania, Francia, Dinamarca o España.

Pese a los señalamientos en diferentes medios, la reacción ante la crisis que surgía en la frontera sur de México fue que estaba muy distante de aquellos países como para que pudiera presentarse una situación semejante. Y, en efecto, si se toman en cuenta el número de personas aún no lo es, aquí el asombro y la incertidumbre apenas se relacionan con algo así como un millón de migrantes que, por lo demás, no pretenden quedarse en México sino pasar hacia Estados Unidos.

Algo semejante sucedió con los refugiados en Turquía, querían pasar a algún país europeo, y para ordenar los flujos se les ubicó en campamentos mientras esperaban la resolución al país de acogida con el que se encontraban realizando trámites para ingresar. Allí hubo el compromiso de los países europeos de apoyar al tercer país seguro, no sólo monetariamente sino con varias organizaciones civiles que contribuyeron sobre todo a mitigar los problemas de salud y en dar la enseñanza adecuada a los niños, y allí se trata de diferentes lenguas. Y sobre todo, al ser considerados refugiados, desplazados por persecuciones y conflictos, contaron con el apoyo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Esto significaba personal calificado y recursos monetarios.

Aun antes del comienzo de las presiones del presidente de Estados Unidos al respecto, México se estaba convirtiendo ya en un tercer país seguro. Varios episodios surgieron cuando desde Estados Unidos comenzó a presionarse para que los migrantes expulsados fueran regresados, no a su país de origen, sino al último desde donde habían entrado; es decir, si el intento se hacía desde México es allí a donde debían ser regresados por las autoridades estadunidenses. El asunto ya se había debatido —aunque no lo suficiente— por lo que han sido las experiencias y discusiones en otros países.

México inicialmente rechazó que un africano o un cubano que intentara ingresar a Estados Unidos desde México fuese expulsado a nuestro país. A raíz de la amenaza del cobro escalonado de aranceles con el que el gobierno de Estados Unidos presionó a México, el chantaje fue que debía impedir la presión migratoria para no aplicarlos. De acuerdo con las reglas de la política internacional resultaba inadmisible intercambiar un asunto económico por la causa humanitaria de los migrantes, si se sabe que hay involucradas familias enteras que incluyen menores, incluso bebés, y mujeres embarazadas.

El planteamiento inicial del gobierno de Andrés López Obrador fue establecer un plan de desarrollo de Centroamérica para crear mejores condiciones de vida, un poco como el Plan Marshall que se aplicó luego de la Segunda Guerra Mundial, solo que en ese caso Estados Unidos puso los recursos necesarios porque visualizó las dificultades que traería a la economía mundial la situación de deterioro de los países europeos. Detener a centroamericanos en sus países podía ser la salida al grave problema. Sin embargo, Estados Unidos debía considerar que esos países importan para su desarrollo. Sin embargo, era incompatible insistir en un plan semejante y mantener los espontáneos discursos de las puertas abiertas de México para quienes emprendieran el largo camino de atravesar sus miles de kilómetros hasta la frontera con Estados Unidos.

El incremento de la demanda se asoció también con las muestras de simpatía de los mexicanos que inicialmente corrieron a mostrar su solidaridad, apoyando con alimentos, ropa y cobijo a quienes se adelantaron en su utópico camino. Sin embargo, pronto se rebasaron las expectativas, si el mismo presidente se ha referido a acabar con la xenofobia y rechazo que están experimentado los migrantes, sometidos a bandas de traficantes de todo tipo.

Luego de las presiones del gobierno estadunidense con la amenaza de aplicar las cuotas arancelarias, México debió responder rápidamente y como el reo que espera que caiga la guillotina, debió aceptar lo que consideraba menos indigno para llegar a un acuerdo, antes de perder la cabeza. El gobierno fue presionado, bajo el desacuerdo de muchos sectores de la sociedad, a emplear la recientemente creada Guardia Nacional para impedir el paso de los migrantes en el sur del país. Así, un cuerpo policiaco-militar creado para combatir el incontrolable crimen en el país, debió cumplir para atajar a los migrantes con una suerte de muro construido de esa suerte.

Parte de lo que está sucediendo pudo haberse limitado si desde la Dirección de Migración en la Secretaría de Gobernación se hubieran tomado las medidas necesarias, con la experiencia y los ejemplos varios que ha tenido el mundo en los últimos tiempos. Ni siquiera fue considerada la experiencia y el rigor académicos de su director Tonatiuh Guillén, quien incluso había dirigido un centro Conacyt, el de la Frontera Norte, especializado en cuestiones migratorias. Lo que ejemplifica que en nuestro país no se aceptan las experiencia y conocimientos de los otros. Y, lo más grave, que no se calculen los costos y responsabilidades que se adquieren al tener que pensar en campamentos que alberguen a los refugiados satisfaciendo todas las necesidades de servicios de agua y electricidad, los sistemas de seguridad, salud y educación bien organizados.

Sorprende, eso sí, los nulos apoyos internacionales y aun dentro de Estados Unidos, para frenar las desmedidas políticas que el país más poderoso del mundo toma afectando a otros países. Ya no se trata de insistir desde la política si los acuerdos a los que llegó México con Estados Unidos fueron los más adecuados, sino cómo prepararnos para lo que viene con la trampa en la que caímos para convertir a México en tercer país seguro, a la medida de los intereses de dominio de Estados Unidos.



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