Miércoles, 16 Enero 2019 10:10


Los primeros recuerdos que tengo de mi infancia hablan sobre hacer ciencia. Desde luego, en esa época no le llamaba así. Usar los anteojos de mi madre sólo para ver como éstos distorsionaban mi mirada o desarmar los aparatos que se descomponían en casa y ver cómo estaban hechos, era sólo curiosidad. Conforme pasaron los años y adquirí mayores conocimientos, comencé a plantearme una pregunta, que les comparto: “¿Por qué hacer ciencia?”

La curiosidad de saber cómo funciona el mundo, la maravilla de percibir los diferentes ritmos que componen el universo, son inherentes al ser humano. Nuestros ancestros observaron fenómenos cotidianos, los reprodujeron y así descubrieron el fuego: ese instrumento que permitiría —eventualmente— cocinar, dar calor y seguridad; transformar las noches en días y nuestros cuerpos primigenios en algo mucho más complejo y evolucionado.

Por ello, estoy convencida de que la ciencia es algo inseparable de la vida diaria. No se encierra en los laboratorios o en los artículos académicos. La ciencia comienza con esa curiosidad innata de todo ser humano. La necesidad de conocernos y de entender la naturaleza que nunca deja de sorprendernos. La ciencia se encuentra en el asombro, en lo extraordinario que representa todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Está en cada una de las maravillosas singularidades que permiten que en este planeta, y fuera de él, las cosas funcionen de la manera en la que lo hacen. Al encontrar los mecanismos para entender la naturaleza, la ciencia permite convertir milagros en lo cotidiano. En tan sólo 200 años se duplicó la edad promedio de las personas, de 37 a 74 años. Ahora nos comunicamos de manera casi instantánea a miles de kilómetros. La medicina se ha revolucionado de manera tal que cada vez es menos invasiva y tiene mejores métodos de diagnóstico y curación, y podemos prevenir muchas enfermedades. Y, aún cuando no se han encontrado la cura para algunas de ellas, los científicos no dejamos de tener esperanza.

El desarrollo de la ciencia es, sin duda, un tema universal, pero quisiera ahora enfocarme en nuestra realidad como mexicanos. Ante un contexto de necesidades apremiantes: ¿Por qué un país como México, que tiene tantas carencias y retos ante sí, debería invertir decididamente en la ciencia? Las sociedades actuales, sin ser la excepción la mexicana, necesitan de un conjunto de habilidades y competencias que se ajusten a los nuevos retos. El desarrollo social y económico exige que los sistemas educativos ofrezcan éstas habilidades y competencias, que permitan beneficiarse de las formas emergentes de socialización y que contribuyan activamente al desarrollo del país en un sistema global cuya principal base es el conocimiento.

La generación de conocimiento se realiza de manera formal en las universidades, cuya tarea fundamental es la de transmitirla a las nuevas generaciones. Es indispensable que las universidades continúen generando conocimiento nuevo. Necesitamos científicos en las universidades que hagan investigación en la frontera, para que enseñen a los jóvenes lo que aún no está en los libros. Sólo así será posible construir las habilidades y competencias necesarias para enfrentarnos a los desafíos que tenemos como sociedad, como país. La ciencia y sus métodos forman mentes independientes, mentes críticas. Por ello, deben ser un bien al alcance de toda la sociedad: son la suma y diversidad de estas mentes lo que nos hará tomar un lugar al centro de la sociedad global. Debemos estar más conscientes de lo que somos, de nuestro entorno, de tener mejores herramientas para tomar decisiones y así será posible encontrar la libertad para cambiar nuestro propio destino con responsabilidad. Algo que nos urge en México.

A principios del siglo XX pensadores ilustres mexicanos tenían claro que el conocimiento debía ser una política de Estado y que éste debía dotar de autonomía a las universidades. La autonomía es indispensable para que la cultura y la ciencia de un pueblo nazca, se desarrolle y progrese; condiciones irreemplazables para alcanzar el desarrollo de la tecnología y la innovación propias. Herramientas que permitirán construir una auténtica soberanía, que trascienda gobiernos, periodos y coyunturas.

Se dice que hacer ciencia es muy costoso y que esto dificulta su financiamiento por parte de los gobiernos. Sin embargo, el costo del quehacer científico representa una parte mínima de los recursos públicos y, sin duda, tiene un extraordinario retorno de inversión. México necesita un plan que considere un apoyo constante, sostenido y de largo plazo, para que la ciencia dé sus mejores resultados y el país genere tecnología propia. En este contexto, el gobierno debe ser garante y promotor, a fin de alcanzar el desarrollo social, cultural y económico que esta Nación merece. México debe desarrollar proyectos grandes de infraestructura científica que traerían grandes beneficios sociales y económicos al país. La escala de la economía mexicana y la infraestructura científica que hemos desarrollado, hoy nos lo permite.

Sólo quiero finalizar con una última reflexión. Algunos científicos opinan que en esta profesión nos divertimos como niños. Coincido y además creo que, como los niños, los científicos nunca dejamos de tener esperanza. La esperanza de entender lo que nos rodea, de crear aquello que habita en nuestros sueños, y de construir un legado: el legado de un mejor futuro, de un mejor país.



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