Miércoles, 05 Diciembre 2018 17:40


El flamante gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha anunciado la próxima creación de cien nuevas universidades en México. En julio el designio se antojaba aventurado: ¿de dónde obtener los recursos para un proyecto de tal envergadura? Al paso del tiempo, se han ido aclarando algunos detalles de la propuesta y la verdad es que estoy muy poco entusiasmado.

Nadie duda de que en México faltan oportunidades educativas, pero es necesario tener en consideración que no todos los estudiantes de primaria continúan con la secundaria, ni todos los de secundaria con la preparatoria. Entre todos los países de la OCDE, México tiene el mayor porcentaje de población con estudios por debajo del nivel de preparatoria, 62%. En Argentina ese porcentaje es de 40% y en Estados Unidos tan solo de 10%. Eso provoca, obviamente, que México tenga una baja proporción de jóvenes y adultos que logran acceder a la educación universitaria (17.4%).

Por eso, resolver el problema del acceso de los jóvenes a la universidad significa que hay que mejorar prioritariamente la calidad y eficiencia terminal de todo el sistema educativo, desde la primaria hasta la preparatoria. El principal objetivo debería ser aumentar los años de escolaridad promedio de toda la población en su conjunto. En México no se invierte lo suficiente en educación y si el nuevo gobierno quiere avanzar hacia la solución de nuestro problema educativo va a tener que trabajar y gastar mucho más en ese rubro.

Con lo cual regresamos a la cuestión del centenar de universidades. De acuerdo con lo que se conoce acerca del plan de las “Universidades del Bienestar”, no se trata de universidades reales, más bien serán escuelas cuasi-técnicas o de profesiones varias, situadas en regiones de México con poco acceso a la educación. Es loable que se hable de darle formación a estos compatriotas, pero la ubicación anunciada de las escuelas no obedece a ningún plan maestro que se conozca y cuya confección seguramente tomaría meses de estudios detallados. Hoy se anuncian cuatro universidades en Chiapas, mañana dos en Tabasco, etc. ¿Cuál es la prisa? Si realmente se quiere mejorar al sistema educativo mexicano se tienen que planear bien las cosas y no, como ya va siendo común, sobre las rodillas.

En particular la idea de fundar estas cien “universidades” pareciera ser la continuación ideológica de las escuelas de Morena. El partido de AMLO se lanzó desde 2015 a crear supuestas universidades en diversas partes del país, las cuales no cuentan con reconocimiento de la SEP (excepto una en CDMX). Al ser financiadas por un partido (en teoría con parte del salario de los representantes de Morena en los Congresos) son en realidad escuelas privadas. La coordinadora de ese programa de escuelas de Morena es una veterana colaboradora de AMLO quien ahora ha sido ungida para coordinar la fundación de las cien nuevas “Universidades del Bienestar”.

Al darse a conocer estos planes, varias universidades públicas expresaron un claro desacuerdo. Algunas de ellas tienen graves problemas de financiamiento y están retrasadas en el pago a sus empleados y docentes. En septiembre diputados de varios partidos pidieron el rescate de las universidades públicas en “Chiapas, Estado de México, Michoacán, Morelos, Nayarit, Oaxaca, Sinaloa, Tabasco, Veracruz y Zacatecas”. Tan solo esas diez universidades atienden a 537 mil estudiantes.

Todo esto crea un dilema difícil de entender: por un lado, tenemos un país en quiebra educativa con por lo menos diez universidades que se ahogan atendiendo a mas de medio millón de estudiantes. Por otro lado, y en paralelo, se quiere abrir cien escuelas, cada una con menos de tres carreras y para dar atención a menos de 150 mil estudiantes en total, como se ha informado en notas periodísticas.

Habría que mencionar aquí al Tecnológico Nacional de México (TNM), institución que en 2014 agrupó a los institutos tecnológicos regionales del país bajo un mismo techo. Los tecnológicos fueron creados a lo largo de casi 70 años, precisamente para ofrecer carreras técnicas y oficios en muchas regiones del país. Se trata de una estructura ya existente, que actualmente atiende a más de 600 mil estudiantes y que fácilmente podría extenderse para cubrir esas partes de México en donde se registre la falta de oportunidades educativas. Hay que hacer hincapié en que crear esta estructura no fue fácil; tomó décadas, no un sexenio. Desde 1978 existe además el CONALEP con más de trescientos planteles en operación, en donde egresados de secundaria pueden convertirse en profesionales técnicos. El CONALEP ya atiende a 307 mil jóvenes en todo el país.

Me alarma que el nuevo gobierno quiera “reinventar” al país en unas cuantas semanas y que no se aprovechen las estructuras ya existentes, para expandirlas, corregirlas y/o mejorarlas. Es mucho más fácil, y seguramente mas económico, extender al TNM o al CONALEP a otras partes del país y tratar de apuntalar a las universidades públicas que están en quiebra, que inventar una estructura paralela de supuestas universidades que al final de cuentas no serán. Y es que el vocablo “universidad” viene de “universitas”, es decir hace referencia a la universalidad del saber, al sinfín de posibilidades y carreras que ofrece una institución así. Un tecnológico, por su parte, tiene una misión bien definida y más cercana a las necesidades productivas de cada región. Es decir, si ya se ha edificado algo en México, ¿por qué no fortalecerlo?

Además, el énfasis en la palabra “bienestar”, endosándosela a una secretaria de Estado, y ahora también a las universidades, me parece un ejercicio demagógico. Me recuerda a aquel pueblo en la desaparecida Alemania Oriental, dedicado al contaminante negocio de la minería y la petroquímica, que fue bautizado “Futuro Feliz”. Endilgarle la palabra “bienestar” a iniciativas del gobierno o a escuelas me parece un nuevo caso de neolengua, el newspeak de la cuarta transformación.

Por último, se habla también de que en las nuevas universidades no habrá rechazados. Aparentemente se trata de seguir el ejemplo de una institución en la CDMX que no realiza examen de admisión, sino que rifa la inscripción. En nuestro nuevo México feliz pasaremos de los rechazados por falta de conocimientos a las “personas con mala suerte”.

El próximo gobierno tiene aún tiempo para rectificar: los problemas de la educación superior en México no se resolverán con un “curita” que ni siquiera cubre la herida.



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