Miércoles, 13 Junio 2018 09:24


Donato Alarcón Segovia fue el arquetipo del investigador clínico, del Physician-Scientist. Era un hombre serio, complejo, con una personalidad apabullante. De sus logros académicos se contaban historias inverosímiles, que resultaban casi siempre ser reales. Era un hombre muy culto. Al hablar, su dicción era perfecta. Cada palabra estaba en su lugar. Era tan grande el respecto académico que generaba, que hasta daba miedo estar cerca de él. Era el modelo a seguir para todos los médicos que quisimos seguir por el camino de la investigación clínica.

Fundó el Departamento de Inmunología y Reumatología del Instituto Nacional de la Nutrición en 1967 y veinte años después era un Departamento reconocido en todo el mundo y al que centenas de pacientes con enfermedades reumatológicas querían acudir. Publicó en 1978 el famoso artículo en Nature en que describía que los auto anticuerpos podían penetrar a las células y causar estragos dentro de ellas. La observación era completamente novedosa y contraria al paradigma de entonces. El mundo anglosajón respondió en forma violenta. Un Mexicano trabajando en México no podía generar un trabajo de esa naturaleza. Llevó muchos años para que la comunidad internacional terminara por aceptar el concepto de la penetración de anticuerpos.

Aunque lo veía con tanta admiración, confieso que nunca tuve una buena relación con Donato. Cuando me fui a estudiar al extranjero él era el Jefe del Departamento de Reumatología con el que había interaccionado en pocas ocasiones y que seguramente, entre tantos residentes no me distinguía de los demás. Cuando regresé del extranjero entonces ya era el Director General del Instituto. Un episodio marcó nuestro distanciamiento que por su desafortunada muerte temprana nunca se resolvió.

En los primeros años de Donato como Director del Instituto había generado la idea de conseguir salarios especiales para que investigadores jóvenes pudieran dedicarse de lleno a esta tarea, sin tener que distraerse con la práctica de la medicina privada. Por el parecidos a las llamadas “chair” de los nombramientos académicos en los Estados Unidos, les llamó “sillón académico”. En ese entonces, cuando regresé de Boston, fui contactado por una empresa farmacéutica internacional que había puesto el interés en México para instalar uno de cuatro centros primarios para investigación clínica. Los otros tres estarían en Estados Unidos, Alemania y Japón. Corría el año de 1993. Estábamos en el quinto año de gobierno del Presidente Salinas y todo México y el mundo pensaba que habíamos salido del subdesarrollo. En una entrevista inicial, al director de la empresa le interesaba explorar si yo estaría interesado en una posición de tiempo parcial (por las tardes) para ser la cabeza de la investigación clínica de productos de la compañía que tuvieran que ver con la salud cardiovascular. La oferta era muy buena porque traería un salario muy jugoso, aderezado por una serie de prestaciones muy atractivas, además de poder continuar con mi trabajo como investigador en el Instituto. El proyecto estaba planeado para iniciar en un par de meses. Mi respuesta fue que cuando el momento llegará estaría interesado en conocer la oferta con detalle. No había aún compromiso serio por ambas partes.

Justo al final de esa semana me llamó Donato a la Dirección para decirme que estaba explorando la posibilidad de conseguir un “sillón académico” para mi. Se lo agradecí de corazón y sentí la obligación de contarle sobre la propuesta de había recibido de la industria. Le dije, sin embargo, que si conseguía el “sillón” eso era mucho mejor para mi y que lo preferiría sobre la oferta de la industria. Le dije también que si antes de que tuviera resuelto lo del sillón la industria me contactaba de nuevo, no aceptaría o firmaría nada sin antes volver a platicar con él. Su respuesta fue que trataría de acelerar el asunto del famoso sillón.

Una semana después fui llamado a la Dirección. Me dirigí hacía la misma con la emoción de pensar que ya lo había resuelto y que con eso, mi dedicación a la investigación de tiempo completo estaría asegurada. Cuando entré a su oficina me encontré con otro Donato, muy diferente al de la semana anterior. Con una expresión muy seria me dijo: Te llamó para decirte que te olvides del sillón, porque en realidad a ti lo que te interesa son otras cosas. Le dije, Pero Doctor, si yo le comenté que tener el sillón sería mi mejor opción. A lo que replicó: olvídate del sillón, y luego dijo en inglés “You are on your own”. Salí de su oficina profundamente confundido y sin entender que es lo que había pasado. Con los años he supuesto que alguien en contra mía había influido en él de manera negativa. Unas semanas más tarde me enteré que la industria farmacéutica había cancelado sus maravillosos planes a realizarse en México. Me parece que empezaron a oler lo que sucedería con nuestro país en el último año de gobierno del Presidente Salinas.

Nuestra relación en los años siguientes fue respetuosa, pero distante. Sin embargo, nunca dejé de admirarlo, como investigador, como médico y como Director General. Desafortunadamente Donato murió años mas tarde en forma temprana, cuando mi laboratorio apenas cumplía su primera década y empezaba a hacerse evidente el nivel de productividad que ya entonces teníamos y que crecería en forma constante a lo largo de los siguientes años. Me duele que Donato no haya podido ver que si me interesaba la investigación y que lo que yo quería era ser como él. Si Donato no hubiera muerto a tan temprana edad, yo creo que el distanciamiento se hubiera borrado y a estas alturas tendríamos muy buena relación, porque yo nunca dejé de admirarlo y de ver en él un modelo a seguir. Sigo pensando que Donato Alarcón Segovia es el mejor investigador clínico que ha dado nuestro país.



Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán y Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM

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