Miércoles, 15 Noviembre 2017 13:29


Los desastres ambientales que el país ha sufrido, nos deben conducir a que reflexionemos sobre las consecuencias de la ilegal y también permitida tala inmoderada de árboles.

Dos terceras partes de la superficie de México son montañas, el resto es ondulante. Las montañas que no tienen árboles o plantas que retengan el suelo, se quedan sin el mismo. Y cuando las montañas se quedan sin árboles y sin suelo, las consecuencias son muy graves para todos los seres vivos. Al fenómeno de despojar los árboles de un terreno, se le conoce como DEFORESTACIÓN.

De acuerdo con la FAO (Estudio de las tendencias y perspectivas del sector forestal para América Latina y el Caribe), México ocupa uno de los primeros lugares en tasas de deforestación en el mundo; los rangos de las tasas de deforestación fluctúan entre 75,000 hectáreas/año a cerca de 1.98 millones de hectáreas/año. De acuerdo a SEMARNAT de 2005 a 2010 nuestro país perdió 1,500,000 hectáreas de bosques. No obstante, WWF México y otros autores señalan que las estimaciones de estas pérdidas son muy diferentes dependiendo de la fuente consultada; si son fuentes académicas se pierde una media de 838,500 hectáreas por año y si se trata de fuentes oficiales se pierde una media de 492,100 hectáreas por año. Además, la WWF también señala que México ha perdido el 50% de sus bosques y selvas.

El Programa Especial de Cambio Climático estima que el 30% de la reducción de emisiones de gas carbónico (CO2) en México pueden lograrse evitando la deforestación, la degradación de los bosques y la recuperación de las áreas forestales.

La deforestación tiene muchos efectos negativos para el medio ambiente. Uno de los mayores impactos es la pérdida del hábitat de millones de especies. Setenta por ciento de los animales y plantas que habitan los bosques de la Tierra no pueden sobrevivir a la deforestación que destruye su medio. Además, la contaminación que produce la deforestación es enorme; de acuerdo a la Declaración de Marbug, Alemania, celebrada en el 2009, la destrucción mundial de bosques tropicales avanza a un promedio de 10-15 millones de hectáreas y esta destrucción es la responsable de arrojar a la atmósfera 5 mil millones de toneladas de CO2 por año.

Desgraciadamente en México se acostumbra quemar los terrenos constantemente para que rebroten los pastos con que se alimenta todo tipo de ganado, con su consecuente liberación a la atmósfera de grandes cantidades de CO2. Con mucha frecuencia el campesino no controla el fuego y se extiende no solo quemando el pasto seco, sino también los árboles. Los campesinos que en nuestro país están en estado marginal grave o las personas con “influencias”, queman los árboles para darle otro uso al suelo.

De acuerdo al director de Salud Ambiental del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) en el país se generan 20 mil muertes anuales debido a la contaminación del aire y 9,600 de ellas corresponden a la Zona Metropolitana del Valle de México. En la ciudad de México hay además otros contaminantes formados a partir de compuestos orgánicos volátiles y de óxidos de nitrógeno, compuestos que están por encima de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Así mismo, de acuerdo a la Coordinación de Salud Pública y Determinantes Ambientales y Sociales de la Salud de la OMS, la contaminación del aire ocupa el noveno lugar dentro de los factores que producen enfermedad y muerte en el país; aunado a ello 28 millones de personas siguen expuestas a humo de leña, otro factor importante de la polución. Menciona también que los contaminantes atmosféricos pueden contribuir al desarrollo de enfermedades pulmonares y del corazón, incluso pueden causar cáncer de pulmón.

Por otro lado, la tala de los bosques tropicales genera las condiciones óptimas para la difusión de las plagas transmitidas por mosquitos, como la malaria y el dengue. Cuando la agricultura sustituye al bosque, la regeneración de la vegetación arbustiva proporciona un entorno mucho más apropiado para los mosquitos portadores de los parásitos de la malaria y el dengue. Es decir, la desaparición de bosques conduce al riesgo de epidemias, en especial de aquellas transmitidas por determinados mosquitos. Al iluminar intensamente el suelo que antes estaba en penumbra bajo el bosque, la luz solar aumenta las temperaturas del agua. Las hojas que antes elevaban el contenido de taninos en los arroyos y estanques frenando la proliferación de los insectos, desaparecen, con lo que se reduce la acidez y el agua se vuelve más turbia.

La deforestación es también un factor coadyuvante del cambio climático. Los suelos de los bosques son húmedos, pero sin la protección de la cubierta arbórea, se secan rápidamente. Los árboles también ayudan a perpetuar el ciclo hidrológico devolviendo el vapor de agua a la atmósfera. Sin árboles que desempeñen ese papel, muchas selvas y bosques pueden convertirse rápidamente en áridos desiertos de tierra improductiva.



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