Miércoles, 21 Junio 2017 11:30

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Cuando un maestro te ayuda a encontrar tu destino

Gerardo Gamba*

Junio 21, 2017
La Crónica de Hoy, Opinión


Nunca fui bueno para las matemáticas. Admiro a la gente que las entiende. En la primaria las tablas de multiplicar eran una tortura y no digamos el asunto de las raíces cuadradas. Pero una buena memoria te sacaba del paso. El problema real comenzó cuando llegué al segundo de secundaria y me cambiaron los números por letras, el álgebra de Baldor con aquello de A2 + 2ab + B2. Cuando se volvió noticia le búsqueda de Bin Laden supe que ya lo había visto antes en algún lugar. ¿Cómo podías elevar a la segunda potencia una letra? ¿Cómo podías multiplicar una letra por otra (a x b)? A partir de ahí, reconozco que ya no volví a entender nada. Estoy convencido que nací sin esa parte del cerebro en donde están las neuronas que pueden sumar letras y ha de ser hereditario, porque se lo pasé a mis hijos.

Después del álgebra venía la trigonometría, luego la geometría analítica y por si no tuviste suficiente, llegando al tercer año de preparatoria te las tenías que ver con el cálculo diferencial e integral. La única forma de evadirlo era escoger el área IV, que era la destinada a los que querían carreras en las ciencias sociales. Pero yo quería ser médico y como el área II incluía a la ingeniería química, pues teníamos al cálculo diferencial en el Currículum.

Veía siempre con admiración y envidia a mi buen amigo Enrique que entendía todas las matemáticas a la perfección y podía despejar el ejercicio más complicado de cálculo diferencial en cuestión de minutos, para llegar siempre a la respuesta correcta. Lo que nunca pudo fue lograr que yo entendiera una jota.

El primer día de clases del segundo de preparatoria conocí a Enrique, ese mismo día conocí a Raúl, ambos tuvieron un impacto importante en mi vida. El primero, por múltiples e innumerables razones, la más importante de las cuales fue que me presentó a su hermana y me casé con ella, por lo que lo he seguido viendo a lo largo de los años. Al terminar la carrera de medicina Enrique emigró a San Diego a estudiar un doctorado en ingeniería y se quedó allá. El caso de Raúl es diferente, lo que él hizo por mí fue fugaz pero enorme, y no lo he vuelvo a ver desde entonces.

Raúl impartía en el salón 32 en el que estábamos Enrique y yo la materia de Geometría Analítica de 7 a 8 de la mañana todos los días y se nos hizo costumbre a los dos, al terminar la clase, acompañarlo a su coche mientras platicábamos cualquier cosa. Raúl era joven, acababa de terminar la carrera de ingeniería (supongo que industrial, pero no lo recuerdo) por lo que sería ocho o nueve años mayor. De ahí se iba a trabajar a un negocio familiar de chocolates. Con el tiempo tuvo una carrera muy destacada, lo Llegué a ver varias veces en los noticieros cuando fue presidente de una importante organización de la industria.

Cómo ya sabía que quería ser médico y se decía que necesitabas promedio de al menos 8 en la preparatoria para poder aspirar a la escuela de medicina, me aplicaba muchísimo en todas las materias, porque sabía que en matemáticas no tendría buena calificación, y así fue. Terminé el segundo de preparatoria con 9 o 10 en todas las materias, menos el 6 de matemáticas.

Inició el tercero de preparatoria un día lluvioso de septiembre de 1977 y cuando tuvimos la primera clase de cálculo y conocí los símbolos de las diferenciales y las integrales, supuse que no tenía futuro alguno. Mi salón era el 30, en donde estábamos concentrados los alumnos del área II que habíamos declarado querer estudiar medicina, como Enrique dijo Ingeniería biomédica, lo mandaron al 27 y perdí a quien me resolvía las tareas y uno que otro ejercicio a escondidas en los exámenes.

Llegó el final del año; para aplicar a medicina no sólo necesitabas el promedio, no podías deber un examen extraordinario. Por supuesto, tuve que presentar el examen final de cálculo y por supuesto, me fui a primera vuelta y luego a segunda vuelta, si no pasaba la segunda vuelta me iría a extraordinario y adiós posibilidad de entrar a la escuela de medicina. ¡Necesitaba un milagro! Llegué al examen de segunda vuelta sin saber nada, entré al salón y el profesor que pondría el examen era Raúl. Me vio entrar y me dijo “Hay Gamba, sabía que estarías aquí”, me entregó el examen sabiendo que no pasaría nada. Como cuando le dices algo a una persona que escucha música con audífonos, cuando los demás terminaron y solo quedábamos él y yo, se levantó y me dijo: ¿Tu vas a ser médico verdad Gamba? Si, le respondí, sólo que entre la medicina y yo está este examen. Entonces, sucedió el milagro, tomó mi examen y resolvió el número suficiente de ejercicios como para que sacara 6 de calificación.

No sé si Raúl supo lo que hizo, pero siempre le estaré agradecido, me dio la oportunidad de ingresar a la carrera de medicina y que pasara todo lo que ha sucedido desde entonces. Raúl me enseñó que un buen maestro es el que entiende el destino de cada alumno y hace lo que está en sus manos para promoverlo, aunque a veces puede estar implicada una pequeña trampa. Yo se que el Premio Nacional de Ciencias y Artes al que me hice acreedor hace algunos años fue por la investigación que he realizado en ciencias naturales, pero no deja de ser irónico para mi que el diploma diga en Ciencias Físico-Matemáticas y Naturales.



*Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán y Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

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