Lunes, 28 Marzo 2016 00:33

“El clero le habría respondido a Bacon”

Dr. Marcelino Cereijido Mattioli

Marzo 30, 2016





En este mismo espacio he dicho que cuando se va generando una nueva especie, en este caso el Homo sapiens, además de los atributos primarios (memoria descomunal, tamaño de la corteza cerebral, sentido temporal), también se co-seleccionan atributos secundarios que refuerzan su fenotipo, en este caso me estoy refiriendo al ser CREYENTE.

Ser creyentes nos dota de un colosal embudo cognitivo que vierte en nuestro cerebro todo lo que han aprendido los seres humanos del planeta en épocas anteriores. Por ejemplo yo no conocí a Tutankamón ni a Napoleón, ni creé el idioma castellano, pero se los creí a mis padres, maestros, sociedad en general.

A veces, en una hora de clases nos regalan todo lo fueron aprendiendo los químicos de hace 50, 100, 300 años atrás.

¿Por qué no se globaliza la ciencia? Si es tan conveniente como dicen, tan poderosa, si da tanta capacidad de conocer y desarrollar toda una tecnología para que a uno le cambien el corazón enfermo por uno sano de algún joven motociclista accidentado, ver cómodamente sentado en la sala de nuestra casa un partido de fútbol que se está jugando del otro lado del planeta, o desarrollar una vacuna para impedir que una pandemia mate un tercio de los habitantes de un continente como ya lo ha hecho tantas veces en el pasado, ¿por qué sólo tiene ciencia moderna el Primer Mundo (el 10 por ciento de la humanidad) y el resto, un Tercer Mundo (el 90 por ciento restante) desespera acuciado por el hambre, las injusticias, las deudas?

Admito que la respuesta tiene muchos factores, pero uno de los más poderosos es que cuando la manera de interpretar la realidad (digamos la ciencia moderna) que tiene un país, supera ampliamente la de pueblos vecinos que van por etapas anteriores (digamos los mexicanos, que andan estancados en el politeísmo Católico Romano que forjó el emperador Constantino allá por el siglo IV), tiene mil maneras de aventajarlos, dominarlos y hacerlos sufrir.

Una religión establecida como la católica les enseña a nuestros hijos que durante la Eucaristía de la misa, el vino del cáliz se transforma en sangre de Cristo. Pero un sacerdote católico no nos permitirá tomar ADN de los núcleos de los leucocitos de la “sangre” en el cáliz, secuenciarlo y conocer así el genoma de Dios, el del Espíritu Santo, de la Virgen, etcétera.

Es como si cuando Francis Bacon afirmó “El conocimiento es en sí poder”, el alto clero le hubiera respondido “Sí, don Pancho. ¿Pero se dio cuenta usted del enorme poder que nos da a nosotros la ignorancia de nuestra feligresía?”

Por todas estas cuestiones, ruego a quienes comprendan que deberíamos desarrollar una cultura compatible con la ciencia, que por favor, no dejemos que ese Primer Mundo nos venga ahora a intoxicar el cerebro con NOMAs y otras monsergas.

Ayudemos a nuestros países a zafar de este estancamiento en la evolución del conocimiento, así podrá proseguir hacia la ciencia moderna. En cambio, así como estamos ahora, con esta manera mística y clerical de interpretar la realidad, parecemos los pies de las niñas chinas, de cuando los machos se los mutilaban para que nunca más pudieran caminar. Lean (y mediten) urgentemente mi libro Hacia una teoría general sobre los hijos de puta (editorial Tusquets), para enterarse también de que el machismo sigue mutilando los genitales de millones de mujeres año tras año, y la religión mayoritaria en México sigue restringiendo la sexualidad y genitalidad normal a los sacerdotes, que luego los obliga a desfogarse rompiéndoles a niñitos que asisten a clase de catecismo el mito de la castidad y luego el del celibato, y de ese modo, claro, muchos terminan suicidándose.

Una cultura compatible con la ciencia del calibre que necesitamos en México no se va a forjar sola, es necesario que quienes tengan la capacidad de captar que las maneras de interpretar la realidad evolucionan, que en México todavía está lejos de haber dejado atrás el período místico-religioso y seguimos inmersos en el pegajoso chapopote del analfabetismo científico. Para superarlo hay que generar opiniones independientes, blindarlas de cacareos que se auto-contradicen, en textos altisonantes como The Rock of Ages.


El autor es miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

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