Martes, 22 Marzo 2016 12:17

Hacia una cultura compatible con la ciencia

Dr. Marcelino Cereijido Mattioli

Marzo 23, 2016





Crónica, gracias al apoyo del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República, presenta a sus lectores las reflexiones de uno de los investigadores y difusores más importantes del país. Esta será la primera (de dos partes) en la que nuestro científico invitado analiza el pensamiento científico, las creencias y el mundo religioso.

Espero que mi argumentación en el primer parágrafo no suene a juego de palabras, porque voy a afirmar que la Teoría de la Evolución es la manera en que la ciencia moderna interpreta la vida. Curiosamente, es muy común que los evolucionistas usen una versión creacionista de la “manera de interpretar la realidad”,versión que da por sentado que la única especie que sabe y puede interpretar la realidad es el Homo sapiens (por aquello de que según la Biblia ha sido creado a imagen y semejanza de Dios), y lo hace de una manera consciente. Para que mis alumnos no caigan en semejante error, yo comienzo mi curso anual de Evolución en el Cinvestav con un cursillo sobre Selectividad, donde constatan que hasta una bacteria sobrevive siempre que sea capaz de interpretar que este ión es Na+ y el otro es en cambio K+, seguido de un segundo cursillo sobre la evolución de las maneras de interpretar la realidad, cuyo punto más alto es la ciencia moderna. Mi versión de la Evolución muestra que la evolución ATRAVIESA estadíos de interpretaciones religiosas, o sea religiones, y alcanza el punto más avanzado cuando llega a la ciencia moderna. No resulta exagerado decir que la evolución es el único proceso en el Universo que produce dos maneras de interpretarse a sí mismo: una inconsciente y otra consciente.

Otra actitud imperdonable en la que suelen incurrir mis colegas es apelar al Principio de Autoridad: me señalan que Fulano de Tal (y aquí el nombre de algún capitoste blablablero de talla internacional) opina así, y Mengano de Cual opina distinto, pero no detallan de qué se trata para que el lector pueda juzgar por sí mismo.

En 1987 muchos fundamentalistas cristianos de los Estados Unidos llegaron con sus broncas hasta la Suprema Corte, y hasta el célebre evolucionista Stephen Jay Gould participó en el debate publicando The Rock of Ages, un libro con el que intentó convencer a sus lectores que la ciencia moderna y la religión constituyen dos NOMAs separados (dos magisterios que no se superponen), pues –según él– la ciencia no da explicaciones sobre la moralidad ni el sentido final de la vida, y la religión no tiene nada significativo que decir acerca de la realidad empírica. Se ve que Gould no conocía la frase de Montaigne “Nadie está libre de decir estupideces, lo grave es decirlas con énfasis”.

Por eso ahora anda por el planeta un nuevo tipo de papa frita: el lector que “soportó” la “enroscante” prosa de Gould, hasta que fue “persuadido” por el celebérrimo autor. Encomillé las tres palabras que aparecieron publicadas por uno de los más importantes críticos del libro de Gould, porque en vez de llamar “argumentación” a la típica labor de un autor cuando trata de convencernos de su tema, la nombra “actuación”, y cuando la tilda de “enroscante” (nosotros en castellano hubiéramos usado las palabras “gongorista” o “culterano”) está lapidando tanto al libro como a su autor. Stephen J. Gould fue un gran científico, ha muerto hace unos quince años, y si estoy mostrando sus pifias es para ir fundamentando mi propia posición y crítica (vide infra).

Al grano pues:
Quien se moleste en leer mi libro La Ciencia Como Calamidad (editorial Gedisa), se enterará de que, contrariamente a lo que suelen decir sobre el conocimiento los textos y las enciclopedias que recomendamos a los jóvenes, para mí cualquier organismo vivo, se trate de una bacteria o un girasol, una ballena o un ser humano, sólo puede sobrevivir mientras sea capaz de interpretar satisfactoriamente la realidad que le concierne. Ahora bien, no creo que la Escherichia coli sea consciente de que está interpretando cuál es el sodio, cuál potasio y qué debe hacer con ellos, de modo que esas interpretaciones de la realidad que hace la bacteria se llevan a cabo inconscientemente.

También los humanos empezamos interpretando la realidad inconscientemente como lo hacen bacterias y girasoles (ninguno de nosotros estamos conscientes de que nuestras células intestinales están absorbiendo calcio, que irá a parar a nuestras costillas. Pero, desde hace unos 50 a 100 mil años, a los humanos nos ha ido brotando una consciencia y venimos usándola para desarrollar con ella varias MANERAs (ahora sí conscientes) de interpretar la realidad (evitamos la picadura de un alacrán o una comida con olor nauseabundo). Dejo dicho entonces que los Homo sapiens tenemos al menos dos maneras de interpretar la realidad, una inconsciente y otra(s) consciente(s).

Para expresarlo condensadamente: ni bien el Homo sapiens contó con una consciencia y se puso a meditar sobre el Sol, la Luna, las estrellas, los volcanes, las mareas, entendió que alguien los habría hecho, y que esos álguienes tenían facultades muchísimo más poderosas que las de él, pues él no hubiera sido capaz de producir una Luna ni un Sol o una estrella. Supuso que se trataría de deidades que constituían el “ánima” de la Luna, del volcán, del árbol, etcétera. A esas maneras primitivas de interpretar la realidad conscientemente hoy las llamamos “Animismos”. Más tarde, el formidable progreso mental en la manera de interpretar la realidad conscientemente, llevó a agrupar organizadamente tareas y deidades: todo lo concerniente al mar lo imaginó a cargo del dios Poseidón (dentro de la civilización griega, claro), a la agricultura la supuso regulada por la diosa Deméter; fantaseó que los planetas, astros y estrellas estaban bajo la batuta de Urano, y así.

Conocer la personalidad de un dios permitía intuir cómo sería y cómo le gustaría regir su dominio, y viceversa, conociendo un dominio dado, su estructura y sus funciones, se podía decir mucho sobre quién habrá sido el “domine” (en latín = señor). A esta manera de interpretar la realidad la llamamos “Politeísmos”. El paso a los “Monoteísmos” requirió una empresa intelectualmente formidable, porque si un dios del politeísmo declara “me encantan los pájaros” y otro que le responde “yo en cambio los odio”, no hay conflicto alguno. Pero en cambio si se está en un monoteísmo, el único dios que lo rige no puede decir “me encantan los pájaros, los aborrezco”. O sea, para pasar de un politeísmo a un monoteísmo, hubo que inventar ni más ni menos que la coherencia de Dios. Esa poda y eliminación de incoherencias que realizó el monoteísmo judeo-cristiano fue un poderoso trampolín hacia la manera de interpretar de la ciencia moderna, que consiste en hacerlo sin recurrir a milagros, revelaciones, dogmas ni al Principio de Autoridad. Notemos entonces que la historia de la ciencia, o sea el proceso con que se la construyó, fue una incesante incorporación de reglas y metodologías tan coherentes y sistemáticas, que todos los sabios de la Tierra pudieron de ahí en más participar simultáneamente en su perfeccionamiento (por ejemplo, introducir el uso de estadísticas, investigar usando un doble ciego, recurrir a instrumentos para corroborar con exasperante exactitud si lo que encontramos en la realidad es exactamente lo que había predicho la ciencia, y viceversa).

Queda claro entonces que en la evolución de la manera científica de interpretar la realidad conscientemente, hubo una etapa de puras maneras religiosas de hacerlo. Si no hubiera habido religiones hoy no tendríamos ciencia moderna. De modo que cuando alguien venga con los NOMAs de Gould, podemos mandarlo a freír churros sin más vueltas.También podemos mandar a dicho autor a planchar mondongo cuando en su libro leemos: “No soy creyente” (Gould dixit). Se trata de un despropósito tan mayúsculo, que si un alumno de mi curso hiciera semejante afirmación, lo reprobaría.


El autor es miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

 

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