Martes, 13 Octubre 2015 23:46

El Premio Nobel y los morados de Chiapas






 

 

En 1923 el hijo de un cafetalero alemán residente en Chiapas, que sufría de una misteriosa enfermedad de la piel, fue llevado a Alemania al Instituto de Investigaciones Tropicales y Navales de Hamburgo, donde se hizo el diagnóstico: oncocercosis.

Ésta fue la primera noticia de la existencia en México de la infección producida por millones de gusanillos microscópicos (microfilarias) que se desplazan debajo de la piel y producen hinchazón y enrojecimiento de la cara, por lo que la enfermedad se conoció en Chiapas y Oaxaca como el “mal morado”. Lo que hace temible a este padecimiento es que los gusanillos llegan a los ojos y producen trastornos de la visión, que lenta y progresivamente llevan a los pacientes a la ceguera irreversible y con ello a la miseria.

En México existían tres focos endémicos de oncocercosis: dos en Chiapas y uno en Oaxaca, situados en áreas montañosas donde la población se dedica al cultivo del café: zonas con vegetación exuberante, intensas lluvias, abundantes y estrechas corrientes de agua y clima caliente, condiciones que favorecen a los cafetales, pero también a la reproducción de la mosca transmisora de la parasitosis. De ahí que en África, donde afecta sobre todo a regiones económicamente depauperadas de 31 países, se le conozca como la “ceguera de los ríos”.

La oncocercosis se inicia cuando una persona es picada por moscas del género Simulium infectadas con microfilarias de oncocerca, que al transformarse meses después en gusanos adultos forman nódulos indoloros bajo la piel, generalmente en la cabeza, nódulos que los lugareños llaman “bolas”.

Recuerdo cuando en los años setenta visité una finca cafetalera en Chiapas para recolectar microfilarias de oncocerca y estudiarlas al microscopio electrónico; al grito del capataz “llegaron los boleros” varias decenas de trabajadores se reunieron para que los brigadistas les extirparan los nódulos, a cambio de unos cuantos centavos.

Uno de los primeros médicos que visitó en 1927 un foco endémico en Chiapas describió así a sus habitantes:

“Se hunden en la sombra de una tristeza letal, buscan el aguardiente, el tónico nervioso que despierte la energía; son indiferentes a sus flores, a sus cielos transparentes y al canto milagroso del clarín y del jilguero de sus selvas, llevan una vida rutinaria y mueren estoicamente, porque no pueden sentir la alegría de vivir”. Más adelante: “Aquí las mujeres no cantan siquiera para llorar su tristeza… nos encontramos con individuos en su totalidad pálidos, abatidos, con bocio los más… y lo que es más notable pieles escamosas, músculos flácidos, uñas friables, atrofiadas; dolores en las rodillas y en los miembros inferiores; caras abotagadas… una talla de un metro treinta puede considerarse como aceptable”.

Por entonces se encontró en Oaxaca una zona de oncocercosis “habitada por individuos en la más desolada miseria, escasos de alimentos, casi desnudos, viviendo en chozas de varas, todos enfermos, algunos sangrando a consecuencia de mordeduras de vampiros, carentes de bestia alguna y de animales domésticos”.

Una vez conocida la extensión y la gravedad de la oncocercosis se inició en México una movilización ejemplar de médicos, biólogos, entomólogos, sanitaristas y brigadistas, empeñados durante décadas en aminorar los efectos devastadores de la infección. Se diseñaron novedosas medidas de control; por primera vez en la historia de las enfermedades tropicales se empleó aquí un medicamento eficaz para la oncocercosis, la dietilcarbamacina; se eliminaron decenas de miles de nódulos oncocercosos en intentos por disminuir la transmisión del parásito; se encontró una prueba diagnóstica sencilla; se investigó la forma como los parásitos afectan la piel y los ojos; con todo ello, se logró reducir el impacto de la parasitosis y contribuir desde México, como no se ha hecho con ningún otro padecimiento, al control de una de las enfermedades “abandonadas” de la humanidad.

A pesar de todo, hace algunos años todavía se estimaban en más de 20 mil los casos de oncocercosis en México y en más de medio millón los habitantes de Chiapas y Oaxaca que estaban en riesgo de contraer la infección.

Finalmente, al cabo de casi noventa años de contender con la infección, el 29 de septiembre de 2015, la Secretaría de Salud y la Organización Panamericana de la Salud hicieron el anuncio anhelado: la certificación oficial de la erradicación de la oncocercosis en Chiapas y en Oaxaca. Por coincidencia, sólo una semana después, el Premio Nobel de Medicina 2015 fue otorgado a los científicos responsables del descubrimiento del medicamento más efectivo para el control de la oncocercosis: la ivermectina, empleado con éxito en años recientes en México.

La industria farmacéutica desarrolló este medicamento para controlar infecciones por gusanos… del ganado, ¡porque el mercado de los humanos pobres no fue suficientemente atractivo! De hecho, la ivermectina ha sido uno de los productos más exitosos en la medicina veterinaria.

La historia se inicia en 1974 cuando Satoshi Omura, investigador del Instituto Kitasato en Japón, envía a los laboratorios Merck, Sharp and Dohme en Estados Unidos, muestras de tierra de un club de golf japonés, en las que el grupo de William C. Campbell encuentra varios actinomicetos, uno en particular con potente actividad para curar infecciones experimentales por gusanos. Además de su eficacia antihelmíntica, basada en matar gusanos al bloquear un canal de cloro, y con ello paralizarles la faringe, el medicamento resultó ser notablemente libre de efectos tóxicos. Pronto se usó con éxito para liberar de helmintos a decenas de millones de caballos, cerdos, ovejas y ganado vacuno.

Al demostrarse posteriormente su eficacia en el tratamiento de la oncocercosis humana el laboratorio Merck, en una acción sin precedentes, decidió ofrecer la ivermectina sin costo a los países que lo requieran, gracias a lo cual la enfermedad se considera erradicada no sólo en México, sino también en Colombia, en Ecuador y próximamente lo será en Guatemala.

En África el programa especial para la oncocercosis de la Organización Mundial de la Salud ha logrado controlar la infección en 40 millones de personas, ha prevenido la ceguera de 600 mil pacientes y asegurado que 18 millones de recién nacidos estén libres de la enfermedad; además, se han vuelto a utilizar para la agricultura y la ganadería 25 millones de hectáreas de tierras antes abandonadas, capaces de producir alimento para 17 millones de habitantes.

Para la industria farmacéutica la ivermectina ha representado ganancias superiores a los mil millones de dólares al año; para la salud pública, una de las conquistas médicas más importantes del siglo pasado y para Satoshi Omura y William C. Campbell… ¡el Premio Nobel de Medicina 2015!

Feliz desenlace de una historia vieja de cuarenta años sobre cómo remediar el padecimiento que afecta a los más pobres, al privarlos de su única riqueza: la vista.


El autor es miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

 

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