Miércoles, 09 Noviembre 2016 09:00


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Homenaje al doctor Guillermo Soberón.

 

*Dr. Gerardo Gamba

Noviembre 9, 2016

La Crónica de Hoy, Opinión

 

 

El Consejo Consultivo de Ciencias (CCC), se complace en presentar una Edición Especial de tres discursos dedicados a un visionario de las ciencias y gran transformador de instituciones: el doctor Guillermo Soberón Acevedo.  Mediante esta serie, Rafael Palacios, Gerardo Gamba y Ricardo Tapia, en nombre del CCC, expresan su gran admiración y respeto al fundador del Consejo y, sin duda, a una de las figuras más destacadas de nuestro país.

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Entre septiembre de 2003 y enero de 2004 el telescopio Hubble fue apuntado hacia la región más obscura del universo, en donde se pensaba que no existían estrellas, se obtuvieron múltiples fotografías conocidas como de campo ultra-profundo. En donde se pensaba que no había nada, se encontraron más de 10 mil galaxias que se localizan a unos 13 mil millones de años luz de nosotros. Algo similar a esto ha sido Guillermo Soberón para la academia y cultura de México. En donde los demás pensaban que no había nada, ¡el Dr. Soberón vio 10 mil galaxias!

Conocí de lejos al Dr. Soberón cuando él era Secretario de Salud y ya había sido Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México. Entonces yo era residente de medicina interna en el Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubirán, por lo que mi visión de Soberón es como uno de los tantos beneficiarios de su obra.

El Dr. Soberón fue uno de los primeros residentes de medicina interna en el naciente Hospital de Enfermedades de la Nutrición, hoy Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. Así que, cuando Soberón era joven dedicó muchos meses de su vida a la realización de la residencia, lo cual ha sido inspirador a lo largo de los años para los residentes de la misma especialidad en el Instituto.

Siempre me han gustado las coincidencias que hay en mi carrera con la del Dr. Soberón. Ambos fuimos pasantes en el Departamento de Patología de Nutrición y aprendimos mucho de hacer autopsias, como lo narra en su libro de autobiografía, “El Médico, el rector”.   Luego fuimos residentes de medicina interna y al terminar decidimos incursionar por el lado de la investigación científica e irnos al extranjero a hacer un doctorado en cuestiones que muchos llaman básicas, porque parecen estar alejadas de la clínica, pero que con el tiempo muestran estar mucho más cerca del quehacer clínico que lo que la mayoría imaginó.

Cuando Soberón regresó a México fundó el Departamento de Bioquímica del Hospital de Enfermedades de la Nutrición. Fue desde ese momento en que Soberón mostró su vocación por abrir el camino para los demás. Lo que hizo en su primer año mientras se construía su laboratorio fue organizar cursos de bioquímica en la UNAM, según narra en su autobiografía, para evitar que a los médicos les pasara lo que le sucedió a él cuando llegó a Wisconsin a hacer el doctorado. Tener que tomar una serie de cursos para emparejarse con los estudiantes de ese país.

Con el Departamento de Bioquímica de Nutrición, el Dr. Soberón hizo algo que a la postre fue fundamental para entender la Nutrición de hoy y a otros institutos, incorporó la investigación de procesos biológicos fundamentales, a la vida Institucional de un hospital. Le enseñó al México que se modernizaba que la investigación en un hospital (luego Instituto) no debía ser únicamente de procesos clínicos que ocurren en los pabellones de internamiento, sino también de procesos biológicos básicos que nos encaminaran a entender las enfermedades y por tanto a poder imaginar estrategias terapéuticas y/o preventivas. Sin querer, otra parte importante del paso de Soberón por el Departamento de Bioquímica de Nutrición fue la de desarrollar en el Instituto un ejemplo real del médico científico (Physician Scientist), figura propuesta a principios del siglo XX por el reporte Flexner en los Estados Unidos.

Después de 10 años de desempeñarse como investigador en Nutrición y con una creciente y brillante carrera como bioquímico, el Dr. Soberón tomó la difícil y valiente decisión de irse a la Universidad como Director del Instituto de Investigaciones Biomédicas. La decisión no ha de haber sido nada fácil porque para entonces ya estaba a la cabeza de la preferencia del Dr. Zubirán para hacerse cargo del Instituto cuando llegara el momento.

La partida de Soberón hacia la Universidad trajo un acercamiento todavía mayor del que de por sí ya existía a través de la Facultad de Medicina entre el Instituto y la Universidad, y que fue potenciado años después, en que Soberón se convirtiera en Rector de la Universidad. Desde entonces hay una cercanía muy particular entre Biomédicas y Nutrición, de la cual soy orgulloso heredero y protagonista, ya que el Instituto de Investigaciones Biomédicas ha sido mi casa en la Universidad desde hace 20 años, otra coincidencia afortunada entre la vida del Dr. Soberón y la mía. Ambos fuimos de la Facultad de Medicina al Instituto de Nutrición y de ahí al Instituto de Investigaciones Biomédicas.

Puedo decir que lo más importante de la vida de Soberón y que es la principal razón por la que le rindo tributo en este homenaje es porque nos facilitó el camino a muchos de los que seguimos después de él y que regresamos a México con la ilusión de ser investigadores competitivos a nivel internacional. Soberón trabajó desinteresadamente por el bien de muchos mexicanos a los que no conocía, en buena medida porque aún no habían nacido o, de hecho, muchos que todavía no nacen y que, como nosotros, algún día escucharán de las hazañas del Dr. Soberón y sentirán agradecimiento hacia él.

La vida de Guillermo Soberón es un ejemplo a seguir. Soberón estuvo muy cerca de los hombres que nos gobernaron en la época en la que tenían poder absoluto en el país y al igual que el maestro Salvador Zubirán, no utilizó esa ventaja, como tantos otros, para su beneficio personal, lo aprovechó para hacer o mejorar las instituciones emblemáticas de México y para introducir cambios fundamentales en las leyes generales de salud que beneficiaran al pueblo de México.


Me parece que su vida se ajusta muy bien a un poema escrito por Jaime Tórres Bodet que narra lo que es trabajar por las generaciones venideras y que a continuación me permito incluir con el eterno agradecimiento para el Dr. Soberón, no solamente mío, sino que me atrevo a decir sin duda, que de toda la comunidad académica del país.

En el lindero de Jaime Torres Bodet
No veremos la tierra prometida.
Ni su dorada miel disfrutaremos,
ni el perfumado aceite de sus lámparas
alumbrará en la noche nuestros sueños.

El agua de los ríos que vencimos,
otros la beberán. Y, en el invierno,
arderá para otros la leña de los árboles
que negaron su sombra a nuestros muertos.

Otros sabrán contar por alboradas
los días que nosotros contamos por luceros.
Y serán, para ellos, todo el año,
abundantes las fuentes y densas las espigas
en la región feliz que conquistamos
y que jamás conoceremos…

No veremos la tierra prometida.
Nacimos y morimos en los tiempos del éxodo.
Pero, como el oasis más hermoso
es el que inventa el hombre la sed en el desierto,
ninguno de nosotros cambiaría
por la corona incierta de este reino
esta pasión de ser que nos condujo
a través de emboscadas y de abismos,
alarmas y desvelos,
hasta la mañana infiel que nos recusa
y al que nunca entrará nuestro recuerdo.

La tierra prometida está en nosotros.
Mientras la codiciamos, existimos.
Y, cuando la ganamos, la perdemos.

 

*Dr. Gerardo Gamba
Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias
Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán y Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de
Investigaciones Biomédicas, UNAM.

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