Martes, 20 Septiembre 2016 22:13
LdP

¡Recordemos nuestra humanidad!


  Luis de la Peña* y Ana María Cetto**

Recientemente nos enteramos por la prensa mundial que Corea del Norte realizó con éxito su quinta explosión nuclear subterránea en su propio territorio. Se señalaba que ésta ha sido la más poderosa de las pruebas norcoreanas —detectada por el temblor de magnitud 5.3 que causó—, con una energía estimada por diversas fuentes entre 10 y 30 kilotones (cada kilotón equivale a la energía liberada por la explosión de mil toneladas de TNT). Frente al potencial devastador de las bombas nucleares actuales, se trata de una energía pequeña, apenas comparable con la liberada por las explosiones que destruyeron Hiroshima y Nagasaki en 1945 y causaron alrededor de 200 mil muertes inmediatas, más los miles de irradiados y quemados que lograron sobrevivir y llevar a cuestas las consecuencias de aquellos daños por el resto de su vida, algunos hasta el día de hoy.

La noticia causó un rechazo unánime, incluso por parte de China, país con el que Corea del Norte comparte una extensa frontera y cuyos gobiernos normalmente practican entre sí una política de buenos vecinos. Tal reacción en contra de la explosión —la cual se suma a los más de 2,000 ensayos nucleares realizados hasta la fecha— está ampliamente justificada mientras parta de la sociedad de cualquier nación, pues es una nueva señal de amenaza para todos los humanos y su entorno; se trata en realidad del presente y del futuro, pues las explosiones nucleares, además del terrible daño inmediato que causan, ponen en riesgo el ambiente natural y la salud —si no la vida— de generaciones futuras por sus efectos catastróficos de largo plazo.

Viniendo de los gobiernos, en cambio, las reacciones pueden leerse de diversas maneras. Recordemos que sigue habiendo alrededor de 22,000 armas nucleares sobre la faz de la Tierra. Mientras hay países que cuentan con arsenal nuclear y se preocupan por modernizarlo, otros no lo tienen pero lo buscan o desean tener, y otros más —que son la mayoría—lo han rechazado de manera categórica. Los países que poseen bombas nucleares en su propio territorio, siendo signatarios del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP), son los Estados Unidos (con alrededor de 7,000 bombas), Rusia (7,300), Reino Unido (215), Francia (300) y China (280). A ellos se agregan los que no han firmado el TNP: India (120), Pakistán (130), Corea del Norte (¿?) e Israel, aunque este último no declara o más bien niega su armamento nuclear, que se estima entre 80 y 300 cabezas nucleares o termonucleares. Unos pocos países poseyeron en algún momento armamento nuclear, pero lo han retirado de su territorio; tal es el caso de África del Sur y de países que formaban parte de la Unión Soviética (Bielorrusia, Kazajistán y Ucrania). Por otra parte tenemos a Alemania, Bélgica, Holanda, Italia y Turquía, los que sin preocuparse por desarrollar sus propias armas podrían disfrutar del armamento nuclear de la OTAN. La energía combinada de todas las explosiones convencionales (no nucleares) provocadas durante la Segunda Guerra Mundial equivale a 5,000 kilotones; la energía disipable por el arsenal nuclear existente es cientos de veces mayor.

Hubo más de un episodio crítico en que las armas nucleares estuvieron a punto de ser empleadas. El primero fue la llamada por los Estados Unidos Crisis de los Misiles (Crisis del Caribe por la Unión Soviética o Crisis de Octubre, por Cuba), episodio de dos semanas de altísima tensión protagonizado por Kennedy, Jrushov y Fidel Castro en octubre de 1962. Dos décadas más tarde, en 1983, se desató el episodio llamado Able Archer, provocado una vez más por las tensiones entre los gobiernos de los Estados Unidos y la URSS. Menos publicitado, pero no menos peligroso, fue el episodio provocado en 1995 por la detección de un cohete de exploración noruego, que condujo a Boris Yeltsin a activar sus ‘llaves nucleares’ en preparación para un ataque nuclear contra los Estados Unidos.

El desarme nuclear total es la única protección segura contra estos peligros, pero lograr tal objetivo ha sido y sigue siendo uno de los mayores retos para la humanidad. Desde el inicio de la Guerra Fría en los años 50, y como resultado de la acción de multitud de organizaciones civiles y gubernamentales, hubo innumerables negociaciones para reducir o limitar el armamento nuclear, evitar su uso o proliferación o prohibir los ensayos nucleares. Estos esfuerzos han logrado cierto éxito, pues el armamento nuclear disponible en el mundo se ha reducido de un máximo estimado de 70,300 (!) cabezas nucleares a las 22,000 actuales, y se han eliminado los ensayos nucleares a cielo abierto y submarinos.

A raíz del magnífico y estimulante Tratado de Tlatelolco de 1967, por el que los países de Centro, Sudamérica y el Caribe se comprometen a no aceptar armas o ensayos nucleares en sus territorios, se han establecido zonas libres de armas nucleares en el Pacífico Sur, el Sureste de Asia, África en su totalidad, Asia Central y Mongolia. Al Tratado de la Antártida de 1959 le han seguido los del Espacio Exterior, la Luna y los Fondos Oceánicos. Todos sumados, estos tratados protegen áreas y territorios de una enorme extensión, de cualquier desarrollo, almacenamiento y uso de armas nucleares.

Sin embargo, no ha sido permitido por los países poseedores de armas nucleares alcanzar la firma de un tratado universal que prohíba poseer cualquier arma nuclear y obligue a la destrucción de las existentes. Estos países se han esforzado sistemáticamente en evitar que el armamento nuclear se extienda a otros países; hay una prohibición tácita a la difusión de tales armas. Lo cual, aunque suena bueno para todos, equivale a dar una aspirina para tratar al enfermo de pulmonía. Dado que no se observa el mismo sentido de compromiso de los países nucleares respecto a sus propias armas, no es de sorprender que las Conferencias de Revisión del TNP terminen sistemáticamente en desacuerdos. 

Tras el fracaso de la última Conferencia del TNP en 2015, México tomó la iniciativa de proponer la creación de un grupo de trabajo multilateral abierto a la sociedad civil, encargado de sustentar los fundamentos de un acuerdo que prohíba el armamento nuclear en el mundo. Al cabo de arduas negociaciones la propuesta fue aprobada por la Asamblea General de la ONU por 138 votos a favor y con el voto en contra de los Estados poseedores de armas nucleares, “por motivos de seguridad nacional”. Falta ver hasta dónde este grupo de amplia participación, que iniciará sus trabajos en 2017, logra el objetivo de negociar un tratado de prohibición y eliminación total de estas armas.

Podemos afirmar con seguridad que la sociedad mexicana como un todo se siente y se mantiene ajena a este problema. Al no participar en la carrera armamentista y estar protegida por el Tratado de Tlatelolco, pareciera que el problema es de los otros. Pero hay al menos cuatro razones que sí lo hacen muy nuestro. La primera es la más obvia: si se desatara una guerra nuclear o una agresión que condujera a un enfrentamiento de esta naturaleza, bien podría involucrarnos directamente, aun sin poseer tales armas. En segundo lugar, en cualquier caso la contaminación radioactiva resultante tarde o temprano haría estragos en nuestro territorio. Históricamente ya padecimos algo de esto, aunque en pequeña escala, cuando los Estados Unidos realizaron multitud de explosiones nucleares atmosféricas de prueba en el sur de su propio territorio y nos convertimos en receptores naturales de los vientos radioactivos. Recordemos que en los años 60 Tomás Brody se dio a la tarea de medir con su grupo la radioactividad atmosférica originada por tales explosiones a lo largo del país. Una tercera razón, la que por su importancia nos obliga a oponernos con energía a la existencia de armamento nuclear, es nuestra inmensa frontera con los Estados Unidos: es claro que al involucrarse nuestros vecinos en una guerra nuclear, México sería un blanco natural de la consecuente represalia. La cuarta razón es más profunda y fundamental: la responsabilidad que tenemos todos de ayudar a preservar la vida, la humanidad y la naturaleza.

Hoy en día, el problema técnico que representa la fabricación de un arma nuclear es menor comparado con las consecuencias de su uso. Por ello es un motivo de aliento saber que se está promoviendo la firma de un nuevo tratado de desarme nuclear general, con la participación activa de México. Cualquier paso que se logre en este sentido será un gran paso. El tenso y delicado panorama político de la actualidad, particularmente en las zonas (aún) no libres de armas nucleares, obliga a dedicar y apoyar todo esfuerzo en esta dirección. No debemos olvidar nuestra humanidad, como exigió el llamado de Pugwash para detener la carrera armamentista, firmado en 1955 por once destacados científicos, la mayoría físicos, entre quienes se encontraban Albert Einstein, Bertrand Russell, Max Born y el gran pacifista Jósef Rotblat, y a quienes se uniera poco tiempo después ese otro gran pacifista, el químico Linus Pauling, todos ellos premios Nobel, con Pauling por duplicado (de Química y de la Paz).


*Integrante del Consejo Consultivo de Ciencias e investigador del Instituto de Física, UNAM
**Investigadora del Instituto de Física, UNAM
Inicio