Martes, 30 Agosto 2016 12:29
GGA

Los cuatro meses en el sector de internamiento


    Gerardo Gamba Ayala

Cuando bajé a las 6:30 de la mañana a pasar visita a mis enfermos, había dormido escasas dos horas. Después de terminar la discusión de los casos con los residentes de primer año (R1) la noche anterior, subí a la residencia que se ubicaba en el cuarto piso del hospital para leer el artículo que sería discutido en la sesión del día siguiente. Estaba por dormir cuando tocó a mi puerta la enfermera de guardia: ¡Doctor, la señora Rosario de la cama 14 está grave!

Al bajar, constaté el correr de enfermeras preparando con toda celeridad las condiciones para iniciar las maniobras de resucitación cardiovascular. La paciente había ingresado al Instituto el día anterior con manifestaciones de una enfermedad ácido péptico que podría deberse a una gastritis crónica, a una úlcera péptica o hasta un carcinoma de estómago. Le habíamos presentado esa mañana el ingreso a nuestro revisor, el doctor Luis Guevara, connotado gastroenterólogo y especialista en enfermedades de hígado. La paciente no tenía nada grave y los resultados normales de la biometría hemática indicaban que no había ocurrido sangrado de tubo digestivo, que sería la complicación a temer.

Cuando entré a la habitación, en medio de aquella vorágine de enfermeras, recordaba incrédulo lo que el doctor Guevara nos dijo después de revisar a la enferma en la mañana: tienen razón, parece una paciente con enfermedad ácido péptica, pero… no me gusta… tiene un no sé qué, de esas pacientes que luego dan sorpresas y se ponen graves de repente.

Le dimos 20 minutos de maniobras de resucitación que fueron inútiles. La enferma falleció a las 2 de la madrugada. Las siguientes horas fueron terribles para mí, pero ciertamente peor para los familiares. No autorizaron el estudio posmortem, por lo que nunca supimos qué fue lo que pasó. Lo que pude confirmar es que el doctor Guevara era uno de los mejores clínicos que he conocido en mi vida.

El día anterior habíamos terminado la jornada a la media noche, debido al detalle con que había que revisar los ingresos del día con los R1 que rotaban en mi sector: mi buena amiga Deborah Alemán, de una belleza interna y externa envidiables, y el eternamente conflictuado León Waxtein, con sus frecuentes soliloquios de preocupación que me recordaban con gracia los de Woody Allen. El paciente que ingresaba por la tarde debía ser revisado con extrema minuciosidad por el R1 y posteriormente por el R2 encargado del sector. Más tarde debíamos discutir las observaciones clínicas, las propuestas diagnósticas y/o terapéuticas y revisar al menos un par de artículos al respecto para sustentarlas. No existía el internet. Los residentes teníamos acceso a la biblioteca del Instituto las 24 horas. No había computadoras. El R1 debía de escribir el ingreso con detalle en aquellas viejas máquinas que vivían en el sector y agregar el comentario sobre la opinión y/o conclusión a la que habíamos llegado. La tecnología médica era entonces infinitamente menor que la actual, por lo que muchos enfermos ingresaban para resolver problemas diagnósticos de alta complejidad. El ingreso y comentario serían leídos al día siguiente por el revisor con una acuciosidad y detalle, que una falta gramatical o de concepto serían seriamente reprimidas. Con un solo ingreso el R1 podría pensar en la posibilidad de salir del Instituto a la medianoche. Dos ingresos significaban dormir con suerte tres horas.

Así, entre el academicismo extremo y el cuidado de los enfermos, transcurrían interminables los días en aquella temida rotación de piso que debíamos hacer en el segundo año de la residencia de medicina interna en el Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubirán. La rotación duraba cuatro meses en los que estabas de guardia permanente. Entrabas el lunes a las 7 am y salías el sábado a mediodía, después de haberle explicado tus casos al residente de guardia. Tenías bajo tu responsabilidad a 20 enfermos internados en tu sector. Ese pasillo del hospital se convertía en tu mundo. Lo recorrías día y noche decenas de veces. Cuando llegabas a tu casa el sábado habías dormido, en el mejor de los casos, 20 horas en la semana. El domingo tendrías que ir a pasar visita para después volver a entregar tus pacientes a un nuevo residente.

Si empezabas en marzo terminabas en junio, o bien en julio para salir en octubre o la otra opción era irte hasta noviembre para terminar en febrero. En el tercer año tenías una rotación similar, pero un poco menos pesada porque duraba dos meses y ocurría en un sector con 12 habitaciones. El Instituto tenía entonces ocho sectores, por lo que en un momento dado, había seis residentes de segundo año y dos de tercer año pasando por esto. El estrés y la carga académica sacaba de cada uno de nosotros lo mejor y lo peor que tenía. Podías encontrar a uno de ellos a las tres de la mañana en el estacionamiento cantando ópera o a otro a las seis en las sala de urgencias imitando a la perfección el cacarear de un gallo para despertar a los R1.

En la época actual se habla mucho del síndrome de burnout (quemado, agotado, extenuado), cuando el residente llega al extremo físico y/o mental de tanto trabajar. Quien no ha conocido esto tiene la desfachatez de condenar en redes sociales una imagen de un residente dormido en un rincón de un quirófano con aspecto francamente deteriorado.  Se han propuesto y tomado medidas en muchas instituciones para reducir el número de horas que un residente debe ocuparse de la atención de enfermos. Lo curioso es que todos vemos esos cuatro meses de piso como los mejores de la vida, de los que nos sentimos más satisfechos, en donde aprendimos más medicina que nunca y que si volviéramos a vivir, sin duda, lo haríamos de nuevo.

Integrante del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.
Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán
y Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM.
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